lunes, 19 de octubre de 2015
Al norte...
Toca salir de Axum, sin prisas ni madrugones. Así que toca levantarse a una hora razonable, desayunar, sacar pelas del ATM que los buenos señores del banco han repuesto y salir a la calle a buscar un tuc tuc. El día amanece soleado pero sin el castigo de días anteriores, camino del banco voy de sombra en sombra de flamboyán. Apenas son las 10:00 pero en la calle hay alboroto y música, mucha y muy alta.
Salimos del hotel y cruzamos al otro lado según la dirección donde se haya la estación de guaguas, según la penosa guía que he adquirido. Se acerca un pibe en bicicleta que nos ofrece un transporte en tan solo dos minutos. Vale, vete a por él. Vuelve en menos de los dos minutos sin bicicleta y con el tuc tuc. Llegamos a un acuerdo con el conductor y el colega de la bici que se gana una monedita. Cadena de favores.
El trayecto dura apenas nada y estamos ya en la explanada cuyas características se repite en una y otra población. Entramos, nadie nos asalta. Seguimos caminando, han pasado como cien metros y nadie nos pregunta, nadie nos acosa...sorprendido hasta lo hecho de menos. Finalmente un tipo nos pregunta nuestro destino, Adigrat. Nos señala una furgoneta y allá vamos. Aún está a medio llenar. 51birr por cabeza por un trayecto de 120kms, más que razonable. La mochila a la baca y los culos a los escuetos asientos. Las guaguas siempre se llenan....de más. Nunca va un asiento vacío, hay que amortizar la furgoneta. Total que sigue llegando y subiendo gente hasta sumar un total de 17 en una Toyota Hiace.
Empezamos la andadura saliendo de la ciudad. En apenas unos minutos todos es naturaleza, un valle enmoquetado de verdes y amarillos, al fondo una sierra a la que nos dirigimos. La carretera alberga paseantes en uno y otro sentido, desprotegidos de toda sombra, caminan bajo grandes parasoles de colorines. En el campo, hombres y mujeres, en cuclillas siegan el cereal hoz en mano. Las casas ya no son de palos y adobe, aquí se construye con piedra, casas sencillas de un solo cuerpo y con un techo de chapa a un agua. Cabras, vacas, burros y chiquillos correteando por el pajizal rellenan el paisaje.
Pasa el tiempo y la carretera se empina, sube y baja lomas, mesetas y rodea inmensas sierras de roca pelada. La vegetación pareciera querer conquistar la dura piedra que se mantiene hierática impasible. La tierra se rasga, se abre en canal en barranqueras y cañones. Tanta belleza impide cerrar los ojos ni siquiera para parpadear, ávida mi retina en robar cada metro de paisaje.
Seguimos subiendo, dos horas y media para recorrer los ciento veinte kilómetros que nos separan de nuestro siguiente destino, para alcanzar los 2.300 metros de altitud de esta norteña localidad casi en frontera con Eritrea. Está nublado y hace fresco. Salimos de la explanada donde nos ha dejado la furgoneta, cruzamos la calle para tomar un tentempié. Hay que buscar un hotel, la calle se embala cuesta abajo llena de vida. Miramos a nuestro alrededor en busca de carteles, justo hay uno en la esquina "Abnet Hotel". Tiene buena pinta, nos quedamos.
El hotel es nuevo, tanto que somos los únicos hospedados a esta hora. No está terminado aún, de forma que solo ocupa una planta mientras las superiores siguen en construcción. Eso es algo curioso de este país, las obras no se esperan a terminar, desde que una planta está acabada se ocupa, se montan negocios y se la dota de vida y luego se irá terminando. Una inteligente manera de no tener parado el dinero.
Un ratito de rélax y por la cuesta abajo otra vez. La avenida está jalonada de grandes edificios en construcción de los que penden circenses andamios. He leído de un mercado y unas iglesias. Las iglesias son fáciles de seguir porque destacan a lo lejos. Hay unas cuantas por el centro. Cayendo la tarde seguimos el rastro de una colorista iglesia que se divisa entre casas de piedra y techos de chapa. Entre callejones y callejuelas de adoquines que forman perfectos dibujos caminamos entre tiendas, carros de burros, cabras y chiquillos que salen a nuestro encuentro.
Alcanzamos una iglesia grande, con un campanario exento que está en reformas y cuyos andamios sirven de reposo al vuelo de las águilas. La iglesia es de ese estilo circular y techo cónico ya descrito. Todo su cuerpo está pintado de verde con ribetes de la bandera nacional. Junto a ella hay otro edifico de porte del que ignoro la utilidad. Ambos tienen en el punto más alto unas caperuzas de metal de las que cuelgan unos flecos de metal que hacen un sonido particular en su juego con el viento.
Cerca he divisado otra cúpula con otra cruz ortodoxa, conseguimos llegar a través de muros de piedra escoltados ya por una docena de niños. Un señor mayor se cruza en nuestro camino, se para, nos saluda estrechando la mano y nos señala orgulloso su Iglesia. Otra señora anciana nos saluda en una mezcla de castellano e italiano, como en casa. Esta iglesia es Debre Domos. Está cerrada pero por fuera ya es un ejercicio de belleza y color. Cuando la iglesia está cerrada los fieles, de todas las edades, se dirigen a la puerta o al muro donde se persignan tres veces, tocan con la cabeza tres veces y por último, besas tres veces la piedra o la puerta.
Junto a la Iglesia hay un mercado. Callejeamos por él, huele a grano y comino mientras las mujeres lo dejan caer sobre unos sacos para descascarillarlo. Seguimos siendo la atracción de los niños que nos saludan, da igual la hora del día aquí es "good morning". Estos niños tienen pocas cosas, no he visto ni una muñeca, ni un cochecito, ni un simple peluche pero sonríen mientras juegan a hacer rodar una rueda de bici o una rueda hecha de alambre. Sonríen, sin más. Son esas cosas que no valoras cuando estas en casa rodeado de lujos pero llegas aquí ves estas sonrisas y recuerdas cuales son las cosas que de verdad importan en la vida.
Solo queda cenar y emprender el día de mañana deseando que sea tan productivo como lo ha sido el de hoy...
domingo, 18 de octubre de 2015
Cuando lo que prima es el ingenio...
4:30 de la mañana, suena el despertador. Es hora de dejar Gondar. Henok nuestro guía estos días tiene la deferencia,nada común por estos lares, de acompañarnos a la estación. Si, si las estaciones de tren de India me parecían un caos es porque no había vivido las de guaguas de Etiopía. Son una explanada de tierra, a medio alisar, polvorientas cuando está seco y un barrizal con dos gotas de agua. En esta se amontonan guaguas y minibuses sin orden ni sentido. Son privadas, no existe transporte público. No hay donde comprar los billetes, sino que se negocia con los vendedores. Así desde que asoma un blanco a la puerta del terraplén mil tipos se lanzan vociferando los destinos: "Axum, Gondar, Lalibela, Shire...."
5:30 y se abre la puerta de hierro herrumbroso que accede a la "estación" y una montonera de personas con cajas, bolsas y todo lo que se puede cargar se dispersan en dirección a la guagua que le corresponde. Nosotros nos hemos adelantado comprando el billete con un día de antelación para evitar todo el caos...todo lo que es posible. La 3329 es la nuestra, en el lateral una leyenda advierte: "second level" Otras ponen "first level" pero no distingo las diferencias.
La guagua tiene tres asientos a un lado dos en la otra hilera, asientos de hierros soldados con un fisco de espuma y un tapizado de vinilo ideal para el sudor del culo. El respaldo no solo no se abate sino que recto a 90°. Ideal si te quedan 10 horas de viaje y en minuto 1 te duelen los riñones, se te clavan las rodillas en el asiento de adelante y llevas el culo cuadrado. Es digno de resaltar la decoración del vehículo, las fotos de santos proliferan por todo el parabrisas. Los conductores etíopes no precisan de tanto vidrio como nosotros al conducir, así que lo acortan a una medida normal con todo lo que encuentran. Son muy fan de las alfombras peludas que pueden ir sobre el salpicadero o pegadas al techo y son requeté fans de los flecos esos que cuelgan de las colchas con los que decoran todo cuanto pueden e incluso hacen dibujos, como cruces en el techo. Cuando la guagua comienza a andar y alcanza la velocidad punta de 40 kms por hora todos esos pelos, colchas, flecos y demás objetos colgantes inician un movimiento que si lo miras mucho rato creo que puede producir ataques de epilepsia.
Podría ahora relatar un buen rato el paisaje que se observaba por las ventanas durante el interminable trayecto pero me dolía tanto todo que intentaba dormir lo más posible para ver si en estado de inconsciencia el tiempo pasaba más rápido. No, no pasa más rápido pero se hace más llevadero aunque tampoco se consiga dormir mucho rato. Recuerdo vagamente una pista de montaña, retorcida como cuerpo de culebra que a cada curva dejaba a la vista un fantástico precipicio....otro motivo para cerrar los ojos.
La guagua no llega a Axum de un tirón sino que hay que tomar otro enlace desde Shire. Al final del trayecto se sube un pibe que engancha a los farengi que van a Axum para que lo hagan en el minibus en que tiene comisión. Le pregunto el precio, piensa, masculla...25birr. Ahí va incluida la "farengi tax". Apenas son 60 kms hasta Axum a través de un inmenso prado de verdores que nos trae hasta la antigua capital del Imperio.
Es de noche casi, estamos molidos, agotados. Ni ganas de salir del hotel.
Tampoco hay ganas de madrugar, las 9:00 es buena hora para desayunar y planificar el día. En el Hotel África hay un tipo con una oficina que organiza excursiones. Le preguntamos con el susto que da aquí preguntar precios. 75$ por enseñarnos las ruinas y antigüedades de Axum que están a 10 minutos caminando. No existe en este país conocimiento del valor del dinero. Vamos caminando, tras un rule por todos los bancos en busca el ATM Que funcionara hoy.
Axum es un sitio de gran valor arqueológico que engarza con la historia y las leyendas más antiguas de este país. Lugar de entrada del cristianismo desde la vecina Arabia y centro político de un Imperio que en tiempos de Roma abarcaba Etiopía, parte de Sudán y hasta lo que hoy es Yemen. Su comercio de artículos suntuosos llegaba a Roma y su poder competía con Imperios poderosos de Oriente. La incursión del Islam bloqueó la salida al mar del Imperio de Axum provocando su declive y el fin de la acuñación de moneda.
Esa historia ha legado espacios de valor arqueológico y cultural, casi todos concentrados alrededor del mismo centro. Un campo de estelas donde se erigen varios obeliscos de diverso tamaño, incluso uno expoliado por los fascistas italianos en la gran guerra y devuelto en los años 80. Se ve desde la calle, sin necesidad de pagar la entrada. Intentamos entrar en el complejo de Santa María de Zion y nos piden la soberana barbaridad de 8€ por persona. Ese precio lo imagino establecido para los blanquitos que van en náuticos, levi's y camisa de botones y que no cogen más polvo que el que va desde que sacan el culo del Land Cruiser hasta que lo vuelven a montar en él. Esos turistas que hacen política de tierra quemada elevando los precios al viajero que va detrás. Eso pasa cuando no se paga la cosas por lo que valen o lo que piden. Así los 200birr que piden hoy serán 300 mañana.
Subimos a los baños de la Reina de Saba, una pileta excavada en piedra horriblemente restaurada. Sin embargo será lo mejor del día. Por un lado está la montaña primigenia donde los chiquillos se arremolinan en la orilla del agua marrón. Unos lavan la ropa y la dejan secar en la roca, otros llenan garrafas de agua que portan hasta sus hogares. Muy pocos se aventuran a cruzar de la montaña al muro. Al otro lado hay otra pileta más chica que sirve de abrevadero a un burro negro antes de cargar las garrafas que llena su dueño. El muro tiene el nivel a ras de la pista que nos conduce hasta allí, como una orilla de playa. Unos pibes están en la montaña y otros en la orilla. Chapotean de un lado al otro, con más empeño que estilo. No saben nadar pero tienen el ingenio que da la vida cuando es dura. Cuatro botellas de plástico de 1800cc atadas a un cordel servirán de flotadores. El nadador se coloca sobre el cordón dejando dos botellas a cada lado del cuerpo y con eso pelean contra el agua desde la montaña a la orilla.
Vinimos buscando historia y nos vamos con el ingenio y argucias de cuatro chiquillos del norte de Etiopía...
sábado, 17 de octubre de 2015
Judíos en Camelot
Primera hora de la mañana y Felek nos espera en la sinagoga, la hora del rezo. Unas setenta mujeres y unos cincuenta hombres oran separados por una cortina, sentados en los largos bancos de madera y metal. Todos cubiertos con una tela blanca de ribetes azules, en sus manos la palabra de dios. En una tarima un hombre repite versículos de la Tora, casi como un mantra, hombres y mujeres se balancean al sonido de la voz. A cada pausa corresponde un "amén".
Nos despedimos de Felek agradeciendo su hospitalidad, siguiente punto al sur. Hemos contratado un guía, Heduk y un conductor con un Toyota. Mientras desayunamos aparece el conductor, un señor con un bigote a lo Hitler que hace que tarde minutos en asimilarlo y poder mirarle a la cara. Luego del copioso desayuno local salimos a la carretera. Dejamos atrás el centro de Gondar y al rato también la carretera para adentrarnos en una pista de tierra entre huertas y lomas. Campos de millo, trigo, teff (cereal con el que se hace el pan etíope) y una planta de flor amarilla y mombre impronunciable de la que se extrae aceite.
La carretera se empina por momentos, se abre en zanjas en el centro y se convierte en balsa de agua en otros puntos. Al margen los pastores con cabras, cebúes, ovejas y burros. Los burros son chicos. Pequeños y negros y a menudo se les ve solos, sin guía, cargados en busca de su establo. Pasa un rato y unos leñadores obstaculizan la pista con ramas de eucalipto, uno de ellos no lleva hacha, lleva un AK. Es normal ver grupos de hombres en los que, al menos uno, esté armado. Suele ser un fusil o un AK47, armados por el Estado para la defensa de animales, ladrones o milicias de la frontera próxima de Sudán.
Treinta y pocos kilómetros después alcanzamos un pequeño y humilde poblado. Ambober. Esas casas de palos, barro y chapa donde se amontonan familias y chiquillos. El complejo más grande el poblado es la escuela de primaria. Un espacio grande, abierto, lleno de vegetación con aulas del mismo material que las casas. En las paredes pinturas que representan el mundo, África, el sistema respiratorio, el alfabeto amarico o el alfabeto inglés. Los niños salen al encuentro de los visitantes y del viajero blanco.
El directos nos recibe como personalidades, nos lleva a un aula con 55 niños de todas las edades. Nos saludan en inglés y hacen una demostración de conocimientos en lengua amaric con su profesora, para terminar cantando el himno de Etiopía. Mientras paseo por entre las aulas, separadas por el prado una nena chiquita se agarra al meñique de mi mano izquierda, durante un buen rato será mi guía caminando por la escuela. No me dice nada, solo camina conmigo. Ese solo instante vale más que nada en el mundo.
El siguiente punto es una sinagoga situada justo enfrente de la escuela. El vigilante nos abre la verja y nos deja a nuestro aire. En lo alto de un prado se alza un templo reformado de planta circular, techo cónico y una estrella de david en lo más alto. En el interior bancos de madera y algunos armarios en los que hay libros, textos hebreos y una bandera de Israel. Ambober fue en tiempos pretéritos un centro de presencia judía etíope de la que hoy solo queda el rastro de la sinagoga. En el libro de visitas vemos anotaciones de este mismo año de judíos de Israel y de Estados Unidos.
Es hora del café tradicional etíope. Nos dirigimos a una casa próxima y detrás de nosotros una prole de chiquillos curiosos hasta que los corre con una vara el administrador del colegio. El corre para arriba y cuando se vuelve ellos corren para abajo. Guerra perdida. Es una casa humilde, en la entrada un pequeño goro guarda una cabra como bien familiar y un porche de palos y ramas cubre la entrada del castigo del sol. En el piso un bracero ardiendo con una chapa circular encima en la que la mujer de la casa tuesta cebada. Una vez la cebada tiene el tono preciso, la mujer esparce unos granos de café sobre la capa y un poco de agua. A la vez que el agua se caliente restriega los granos crudos con la manos. Repite el proceso un par de veces, los escurre y los comienza a tostar.
Pacientemente la mujer mueve un alambre para que todos los granos lleguen al calor. El aroma lo invade todo. Mientras apuramos unos granos de cebada, el café está listo. Entramos en la casa para degustarlo. Unos cueros de cabras sobre el murete de barro servirán de asiento, el piso y las estanterías también son de barro. Un camastro de cañas y cuerdas delante y bajo el mismo una gallina incubando sus huevos. No hay azúcar, demasiado lujo quizás, así que el café se sirve con una pizca de sal. Alargamos el rato a la sombra hospitalaria hasta que es hora de regresar.
Volvemos sobre nuestros pasos por la misma pista. En un campo de millo destaca una construcción de madera cuya altura sobresale del maíz más alto. Pienso que es como un punto para avistar el ganado más allá de la vegetación. Error. Sobre esta tarima se sube un joven que onda en mano espanta a las aves que acuden a comerse los granos del millo ya adulto. Basta un ratito observando para darse cuenta de lo efectiva de la medida.
Un descanso para almorzar y evitar las peores horas de sol. La tarde la invertimos en conocer los castillos y palacios de Gondar, el Camelot de África, donde parece haber viajado a Irlanda o Escocia. En apenas unos miles de metros cuadrados se acumulan varios castillos y palacios construidos entre los siglos XVII y XVIII para demostración de poder de los reyes etíopes en su antigua capital. Desde este punto partían caravanas de comerciantes camino a Sudán para alcanzar el Mediterráneo, a Eritrea para cruzar el mar Rojo y llegar a Oriente Próximo y bajando a Mombassa para comerciar con las costas de India. La dinastía caería y Gondar perdería la el esplendor del reino. El guía nos adentra con sus palabras en la compleja historia de este país. El complejo, hoy patrimonio de la Humanidad, sería cuartel de las tropas italianas en la segunda guerra mundial.
Desde lo alto de Camelot el sol muere entre las montañas que rodean el valle...
jueves, 15 de octubre de 2015
Leyendas, mitos y creencias...
"África no es un país..."
Ryszard Kapucinsky.
Cuando empecé a planificar el viaje a Etiopía desconocía mucho de este país, sabía que estaba en paz desde hace mucho tiempo y que no se vivían las hambrunas que se vivieron tiempos atrás. Empecé a leer e indagar y en cada línea y cada párrafo que leía iba descubriendo una Historia fascinante de un país multicultural. Supe de la existencia de una población de judíos etíopes, judíos negros.
Cuenta la leyenda que la Reina de Saba marchó a visitar al Rey Salomón a las tierras de Israel. La Reina de gran belleza cayó bajo el influjo del Rey judío y en su vuelta a Etiopía tuvo un hijo fruto del amor fugaz. Nace así la ancestral presencia del judaísmo en este lugar de África. Leí más y supe que hace dos décadas Israel preparó dos operaciones para sacar, en tiempos de guerra, a los Bete Israel (casa de Israel) de Etiopía y llevarlos a la tierra prometida. La primera de aquellas operaciones llevadas a cabo en secreto por el Mosad resultó fallida y de escaso resultado, sin embargo la segunda (Operación Salomón) consiguió sacar en una sola noche a quince mil judíos etíopes de suelo sudanés.
Seguí leyendo y supe que muchos judíos no han podido migrar a su tierra de fe porque Israel ha vetado el flujo migratorio poniendo pegas a su traslado. Ahora hay cupos, arbitrarios como todos los cupos. Quise ir más allá y poder conocer en el lugar la historia de estas personas, los Bete Israel. Esta mañana he podido conocerlos, visitar su sinagoga y charlar con algunos de ellos, sobre sus sueños en Israel, sobre sus familias divididas en dos países durante años, su frustración ante la burocracia que les impide cumplir esos sueños. Conocí a Felek, a su familia, sus hijos y tomé café en su humilde casa. Nada del mundo compensa momentos así.
Una mañana cargada de emoción. Una cerveza en un buen hotel donde hasta el wifi iba rápido y esperar la llamada desde Tenerife de @vivalaradio para entrar en directo desde este remoto lugar. Un ratito de conversación con Marlene Meneses y Salvador Aznar para volver a la vida de viajero.
Por la tarde, nos recoge nuestro guía para dirigirnos a visitar templos cristianos ortodoxos. Esa otra paradoja de Etiopía. El primero de los templos es una iglesia del siglo XVII. Debre Birhan Selassie. Un templo de piedra sencillo, rectángular, con una sala vistosa y profusamente decorada con pinturas que representan pasajes bíblicos. Las pinturas cubren todas las paredes y las vigas del techo, convirtiendo la iglesia en un centro artístico a la vez que religioso. Las mujeres y los hombres entran por puertas distintas, aunque dentro no hay separaciones. Dicen que esto simboliza la llegada de hombres y mujeres al cielo. Ellas entran por el este, los hombres por el sur y los ángeles por el oeste.
Cuenta la leyenda que en una invasión de musulmanes de Sudán los castillos, palacios e iglesias de Gondar fueron arrasados. No así esta iglesia que fue defendida por una horda de ángeles que expulsaron a los asaltantes y la protegieron de ser pasto de la llamas. Alrededor de la iglesia las casas en piedra también de los monjes y curas, los seminaristas que estudian para ser ordenados y las tumbas de aquellos que ya no están.
A Debre Myriam no hubo ángeles que la protegieran y fue arrasada por el fuego y con ella el palacio contiguo de la reina. La iglesia es del siglo XX, la típica construcción en redondo con techo cónico de chapa. No llama al misticismo. Si lo hace el cántico de un joven que sentado en una de sus puertas entona melodías religiosas de esas cadentes y embaucadoras incluso para los ateos. Más allá de los muros de piedras se alcanzan los restos derruidos del palacio de la reina, solo la piedra y algunas tablas se mantienen en pie. Al fondo el paisaje verde y frondoso por el que comienzan a colarse los últimos rayos de sol.
Salimos camino a Wolleka. Hace mucho tiempo, el Rey habría ordenado la separación de las creencias por zonas de Gondar. Curioso pero a los judíos les tocó el extrarradio, los expulsaron a kilómetros de la ciudad. Allí produjeron una próspera industria textil y alfarera. Llegaron a vivir en la aldea unas doce mil personas. Hoy no queda ningún judío. Sin embargo se siguen leyendo carteles que animan al visitante a conocer la "Falasha Village" y es que pobladores cristianos ocuparon el lugar y han mantenido la tradición manufacturera judía. Caminando por un estrecho camino y cruzando un espeso maizal se alcanza la sinagoga. Un tempo de barro, hexagonal con techumbre cónica, una estrella de david en lo alto y una más a cada lado de la puerta.
El guardián de la sinagoga nos sienta por fuera de su casa, otra sencilla construcción de barro y palos de eucalipto. En el paisaje corretean niños pequeños, una mujer muele el grano percutiendo una y otra vez el mortero, una ternera juega por el patio intermedio y una vaca intenta comerse la ropa tendida. Nos invitan a cerveza casera y a trigo tostado. Ya es de noche, junto al tuc tuc nos espera una prole de chiquillos que me despiden al grito coral de "mister, mister,"
Hoy he aprendido, he crecido, hoy soy mejor que lo que era ayer...
Ryszard Kapucinsky.
Cuando empecé a planificar el viaje a Etiopía desconocía mucho de este país, sabía que estaba en paz desde hace mucho tiempo y que no se vivían las hambrunas que se vivieron tiempos atrás. Empecé a leer e indagar y en cada línea y cada párrafo que leía iba descubriendo una Historia fascinante de un país multicultural. Supe de la existencia de una población de judíos etíopes, judíos negros.
Cuenta la leyenda que la Reina de Saba marchó a visitar al Rey Salomón a las tierras de Israel. La Reina de gran belleza cayó bajo el influjo del Rey judío y en su vuelta a Etiopía tuvo un hijo fruto del amor fugaz. Nace así la ancestral presencia del judaísmo en este lugar de África. Leí más y supe que hace dos décadas Israel preparó dos operaciones para sacar, en tiempos de guerra, a los Bete Israel (casa de Israel) de Etiopía y llevarlos a la tierra prometida. La primera de aquellas operaciones llevadas a cabo en secreto por el Mosad resultó fallida y de escaso resultado, sin embargo la segunda (Operación Salomón) consiguió sacar en una sola noche a quince mil judíos etíopes de suelo sudanés.
Seguí leyendo y supe que muchos judíos no han podido migrar a su tierra de fe porque Israel ha vetado el flujo migratorio poniendo pegas a su traslado. Ahora hay cupos, arbitrarios como todos los cupos. Quise ir más allá y poder conocer en el lugar la historia de estas personas, los Bete Israel. Esta mañana he podido conocerlos, visitar su sinagoga y charlar con algunos de ellos, sobre sus sueños en Israel, sobre sus familias divididas en dos países durante años, su frustración ante la burocracia que les impide cumplir esos sueños. Conocí a Felek, a su familia, sus hijos y tomé café en su humilde casa. Nada del mundo compensa momentos así.
Una mañana cargada de emoción. Una cerveza en un buen hotel donde hasta el wifi iba rápido y esperar la llamada desde Tenerife de @vivalaradio para entrar en directo desde este remoto lugar. Un ratito de conversación con Marlene Meneses y Salvador Aznar para volver a la vida de viajero.
Por la tarde, nos recoge nuestro guía para dirigirnos a visitar templos cristianos ortodoxos. Esa otra paradoja de Etiopía. El primero de los templos es una iglesia del siglo XVII. Debre Birhan Selassie. Un templo de piedra sencillo, rectángular, con una sala vistosa y profusamente decorada con pinturas que representan pasajes bíblicos. Las pinturas cubren todas las paredes y las vigas del techo, convirtiendo la iglesia en un centro artístico a la vez que religioso. Las mujeres y los hombres entran por puertas distintas, aunque dentro no hay separaciones. Dicen que esto simboliza la llegada de hombres y mujeres al cielo. Ellas entran por el este, los hombres por el sur y los ángeles por el oeste.
Cuenta la leyenda que en una invasión de musulmanes de Sudán los castillos, palacios e iglesias de Gondar fueron arrasados. No así esta iglesia que fue defendida por una horda de ángeles que expulsaron a los asaltantes y la protegieron de ser pasto de la llamas. Alrededor de la iglesia las casas en piedra también de los monjes y curas, los seminaristas que estudian para ser ordenados y las tumbas de aquellos que ya no están.
A Debre Myriam no hubo ángeles que la protegieran y fue arrasada por el fuego y con ella el palacio contiguo de la reina. La iglesia es del siglo XX, la típica construcción en redondo con techo cónico de chapa. No llama al misticismo. Si lo hace el cántico de un joven que sentado en una de sus puertas entona melodías religiosas de esas cadentes y embaucadoras incluso para los ateos. Más allá de los muros de piedras se alcanzan los restos derruidos del palacio de la reina, solo la piedra y algunas tablas se mantienen en pie. Al fondo el paisaje verde y frondoso por el que comienzan a colarse los últimos rayos de sol.
Salimos camino a Wolleka. Hace mucho tiempo, el Rey habría ordenado la separación de las creencias por zonas de Gondar. Curioso pero a los judíos les tocó el extrarradio, los expulsaron a kilómetros de la ciudad. Allí produjeron una próspera industria textil y alfarera. Llegaron a vivir en la aldea unas doce mil personas. Hoy no queda ningún judío. Sin embargo se siguen leyendo carteles que animan al visitante a conocer la "Falasha Village" y es que pobladores cristianos ocuparon el lugar y han mantenido la tradición manufacturera judía. Caminando por un estrecho camino y cruzando un espeso maizal se alcanza la sinagoga. Un tempo de barro, hexagonal con techumbre cónica, una estrella de david en lo alto y una más a cada lado de la puerta.
El guardián de la sinagoga nos sienta por fuera de su casa, otra sencilla construcción de barro y palos de eucalipto. En el paisaje corretean niños pequeños, una mujer muele el grano percutiendo una y otra vez el mortero, una ternera juega por el patio intermedio y una vaca intenta comerse la ropa tendida. Nos invitan a cerveza casera y a trigo tostado. Ya es de noche, junto al tuc tuc nos espera una prole de chiquillos que me despiden al grito coral de "mister, mister,"
Hoy he aprendido, he crecido, hoy soy mejor que lo que era ayer...
miércoles, 14 de octubre de 2015
Cascasdas, carreteras y guaguas...
Hoy ha sido un día intenso aprovechado hasta la última gota. Antes de las 8 de la mañana ya estábamos frente al desayuno continental del hotel Bahar Dar, minutos después estábamos en la explanada desde la que parten las guaguas de la ciudad. Un sitio caótico en extremo. Nos dirigimos a las cascadas del Nilo Azul, a unos 30 kms del centro. Optamos por una guagua local donde seremos los únicos blancos del trayecto. La guagua se cae literalmente a cachos, está profusamente decorada con adhesivos y carteles de tipo religioso des del parabrisas, a las puertas y ventanas laterales. Por el techo discurren dos franjas de material plástico de aquel que se usaba en los 80 para poner sobre el suelo de las cocinas. En la zona delantera se ha "tapizado" el techo con moqueta de pelos, sus flecos sirven de adorno. En el retrovisor cuelga un crucifijo de madera de no menos de medio kilo de peso.
Mientras esperamos la partida, sube y baja gente constantemente, unos que piden limosna otros que venden cosas y otros que suben y bajan sin más. Observo el paisaje alrededor, no menos de tres guaguas precisan de tracción humana para poder ponerse en marcha. Es la hora de comenzar a andar. El conductor toma posesión de su asiento, junto a él sentados van otras 7 personas. Al salir, se controla la guagua, la licencia del conductor y demás. Se prohibe viajar de pie. Apenas hemos avanzado diez metros del punto de control y se sube un grupo de personas que comienzan a abarrotar la guagua.
Salimos por las calles hacía el exterior, hasta que giramos a la izquierda y aparece una pista amarillosa y povorienta con baches profundos como barrancos. La guagua comienza la travesía lenta, moviendo cada rueda de una vez, entrando y saliendo de los profundos pozos. Su carrocería se contornea como si quisiera partirse. Sus ejes hacen tope en cada profundo agujero. Así vamos metro a metro. En un ataque de optimismo pienso que es un atajo o un enlace, no. Son treinta kilómetros así. La pista no tiene carriles ni sentidos rectos sino que se entreveran buscando la parte no embarrada por las lluvias.
Una llanura se abre a ambos lados, las construcciones se alinean junto al borde de la carretera. Construcciones de palos verticales cubiertos de adobe y paja, con techo a dos agua de chapas. En el llano pastan las vacas y las cabras. Al fondo se divisa una cordillera cubierta de verde y desnuda de árboles. En ocasiones las casas de amontonan y forman núcleos numerosos, en otras permanecen aisladas y solitarias. La carretera no tiene curvas más que las que se hecen para poder esquivar los obstáculos. Cada rato nos detenemos y sube más gente con sacos, cajas y cuanto pueden cargar. Junto al conductor ya hay unas 15 personas entre sentadas y de pie.
Unas dos horas y media tardaremos en cubrir este espacio. La carretera termina en un poblado junto a una reja. No tenemos mucho tiempo así que nos hacemos con un guía. Un paseo a pie hasta el cauce del río y de ahí una barquita que nos lleva a otro meandro del río. Estos que no se hacen un pateo por Tenerife nunca, acaban haciendo un trekking por los montes de Etiopía. El Nilo azul corre marrón por efecto de las lluvias, la vegetación lo cubre todo. Empezamos la caminata por campos de cultivo de caña de azúcar y millo. Los hombres intentar romper la tierra con el tiro de toros y el uso del arado romano. Huele a húmedo y a tierra.
En el camino vendedoras de souvenirs atacan todo blanco que se mueve. De fondo se oye el rugir del agua cayendo. Un buen rato después sobre la derecha se abre un cráter en el suelo, el agua truena al precipitarse violenta contra el suelo. El espectáculo sobrecoge. A distancia de la caída nos llegan las gotas del agua al romperse contra la roca. Tras el espectáculo el río sigue su curso hasta encontrarse en Sudán con el Nilo blanco en su navegar desde el lago Víctoria y morir juntos en el Mediterráneo tras regar el árido Egipto.
Volvemos sobre nuestros pasos, entre los labradores, la lancha y vuelta al poblado. La opción guagua local es un castigo del que podemos prescindir por unos birr. Optamos por volver en mini bus, una Toyota Hiace, cuyo interior está soldado por todos lados, los cabezales rotos y un respaldo arrancado. Tanto desorden cobra sentido en el momento en que el conductor pone primera y acelera. De aquella carretera llena de baches de la ida ya no hay noticia. Este buen hombre pone una velocidad y sigue con ella encuentre lo que encuentre. Saltos, golpes y una vibración que parece que va a desmontar todo el coche de un momento al otro.
En 45 minutos estamos de regreso, casi sin poder caminar pero a tiempo. Almorzamos y vuelta a la explanada a buscar la guagua que nos ha de llevar más al norte, a Gondar. Lo haremos en un minibus que va cargado hasta lo topes dentro y en la baca. El horario es cuando el vehículo esté lleno y ya no quepa un alma, sin perjuicio que luego se irá deteniendo cargando cosas y personas. La primera parada es para que los tres que van delante se pillen unas bolsitas de chat, ese arbusto que mascado y remascado produce efectos alucinógenos, pura tranquilidad.
La carretera se abre paso en un plano verde que se pierde en el horizonte. La comodidad es escasa y los kilómetros muchos. Poco a poco la carretera comienza el ascenso a una meseta, cambia el paisaje y sigue el verde. Algún que otro poblado por el camino, paradas para provisiones y cae la noche. Algo más de las 18:00 y todo es negro. Se hace eterno hasta que aparece un cartel que nos da la bienvenida. Nos dejan en cerca del hotel que tenemos contratado on line las calles no tienen un ápice de luz, tan solo las luces de los vehículos y los edificios de los hoteles rompen la oscuridad. No se atisba nada alrededor del hotel.
Mañana intentaremos descubrir la ciudad....si nos deja.
Mientras esperamos la partida, sube y baja gente constantemente, unos que piden limosna otros que venden cosas y otros que suben y bajan sin más. Observo el paisaje alrededor, no menos de tres guaguas precisan de tracción humana para poder ponerse en marcha. Es la hora de comenzar a andar. El conductor toma posesión de su asiento, junto a él sentados van otras 7 personas. Al salir, se controla la guagua, la licencia del conductor y demás. Se prohibe viajar de pie. Apenas hemos avanzado diez metros del punto de control y se sube un grupo de personas que comienzan a abarrotar la guagua.
Salimos por las calles hacía el exterior, hasta que giramos a la izquierda y aparece una pista amarillosa y povorienta con baches profundos como barrancos. La guagua comienza la travesía lenta, moviendo cada rueda de una vez, entrando y saliendo de los profundos pozos. Su carrocería se contornea como si quisiera partirse. Sus ejes hacen tope en cada profundo agujero. Así vamos metro a metro. En un ataque de optimismo pienso que es un atajo o un enlace, no. Son treinta kilómetros así. La pista no tiene carriles ni sentidos rectos sino que se entreveran buscando la parte no embarrada por las lluvias.
Una llanura se abre a ambos lados, las construcciones se alinean junto al borde de la carretera. Construcciones de palos verticales cubiertos de adobe y paja, con techo a dos agua de chapas. En el llano pastan las vacas y las cabras. Al fondo se divisa una cordillera cubierta de verde y desnuda de árboles. En ocasiones las casas de amontonan y forman núcleos numerosos, en otras permanecen aisladas y solitarias. La carretera no tiene curvas más que las que se hecen para poder esquivar los obstáculos. Cada rato nos detenemos y sube más gente con sacos, cajas y cuanto pueden cargar. Junto al conductor ya hay unas 15 personas entre sentadas y de pie.
Unas dos horas y media tardaremos en cubrir este espacio. La carretera termina en un poblado junto a una reja. No tenemos mucho tiempo así que nos hacemos con un guía. Un paseo a pie hasta el cauce del río y de ahí una barquita que nos lleva a otro meandro del río. Estos que no se hacen un pateo por Tenerife nunca, acaban haciendo un trekking por los montes de Etiopía. El Nilo azul corre marrón por efecto de las lluvias, la vegetación lo cubre todo. Empezamos la caminata por campos de cultivo de caña de azúcar y millo. Los hombres intentar romper la tierra con el tiro de toros y el uso del arado romano. Huele a húmedo y a tierra.
En el camino vendedoras de souvenirs atacan todo blanco que se mueve. De fondo se oye el rugir del agua cayendo. Un buen rato después sobre la derecha se abre un cráter en el suelo, el agua truena al precipitarse violenta contra el suelo. El espectáculo sobrecoge. A distancia de la caída nos llegan las gotas del agua al romperse contra la roca. Tras el espectáculo el río sigue su curso hasta encontrarse en Sudán con el Nilo blanco en su navegar desde el lago Víctoria y morir juntos en el Mediterráneo tras regar el árido Egipto.
Volvemos sobre nuestros pasos, entre los labradores, la lancha y vuelta al poblado. La opción guagua local es un castigo del que podemos prescindir por unos birr. Optamos por volver en mini bus, una Toyota Hiace, cuyo interior está soldado por todos lados, los cabezales rotos y un respaldo arrancado. Tanto desorden cobra sentido en el momento en que el conductor pone primera y acelera. De aquella carretera llena de baches de la ida ya no hay noticia. Este buen hombre pone una velocidad y sigue con ella encuentre lo que encuentre. Saltos, golpes y una vibración que parece que va a desmontar todo el coche de un momento al otro.
En 45 minutos estamos de regreso, casi sin poder caminar pero a tiempo. Almorzamos y vuelta a la explanada a buscar la guagua que nos ha de llevar más al norte, a Gondar. Lo haremos en un minibus que va cargado hasta lo topes dentro y en la baca. El horario es cuando el vehículo esté lleno y ya no quepa un alma, sin perjuicio que luego se irá deteniendo cargando cosas y personas. La primera parada es para que los tres que van delante se pillen unas bolsitas de chat, ese arbusto que mascado y remascado produce efectos alucinógenos, pura tranquilidad.
La carretera se abre paso en un plano verde que se pierde en el horizonte. La comodidad es escasa y los kilómetros muchos. Poco a poco la carretera comienza el ascenso a una meseta, cambia el paisaje y sigue el verde. Algún que otro poblado por el camino, paradas para provisiones y cae la noche. Algo más de las 18:00 y todo es negro. Se hace eterno hasta que aparece un cartel que nos da la bienvenida. Nos dejan en cerca del hotel que tenemos contratado on line las calles no tienen un ápice de luz, tan solo las luces de los vehículos y los edificios de los hoteles rompen la oscuridad. No se atisba nada alrededor del hotel.
Mañana intentaremos descubrir la ciudad....si nos deja.
Lagos, iglesias e hipotótamos...
El Lago Tana es el más grande y caudaloso de los lagos de Etiopía. Tiene de sur a norte una longitud de 65 kms de largo. Esta ingente masa de agua alberga una serie de islas que contienen a su vez un complejo de monasterios cristianos. La Historia de este país es convulsa y apasionante. En los tempranos años del cristianismo llegó vía Arabia y Egipto la palabra proselitista de Pablo de Tarso. Aquel que decidió llevar la voz de la nueva corriente judaica fuera del territorio de los gentiles. Hasta aquí llegó, se asentó y pervivió durante siglos. La presión posterior del Islam ocupando desde Arabia toda la cuenca mediterránea llevo al aislamiento del cristianismo etíope. Así sus formas son arcaica y sus textos antiquísimos escritos en una lengua (gezz) anterior al actual amarico.
Partimos con las primeras luces del día en una pequeña lancha con un grupo de viajeros europeos y turistas locales. El ritmo de nuestra lancha es cansino y el mar inmenso. Mucho rato después alcanzamos la primera de las islas donde se asienta uno de los monasterios. Un monje nos explica su religión y nos enseña libros de cientos de años penosamente conservados en unas húmedas estanterías. Seguimos al monasterio, Entos Eyesu. Un templo nuevo con nada de encanto, circular, techumbre cónica de chapas y un interior con una sala y un corredor en redondo por detrás de esta. Tiene una serie de grabados con clara simbología ortodoxa pero que no guardan ninguna consistencia histórica.
Los cuadros no dejan de ser curioso, gente cocinada en ollas, decapitados, ahorcados, empalados, crucificados...todo un claro mensaje de amor. El señor nos explica cada cuadro y una amable señora lo traduce para todos. Vuelta a la barca y otro recorrido hasta otra isla, más grande. Subimos un camino empedrado con ventorrillos como tiendas de souvenirs, vistosas telas, bolsos, piezas de retablo hechas en tela y cruces de todo tipo y forma.
Se alcanza el monasterio, Debre Maryam. Otro edificio como el anterior, de paja y adobe recubierto de chapas, que al calor hacen que dentro sea un horno. Moquetas en el suelo y un pasillo que recorre en redondo toda la colección de retablos de la iglesia. Estos son antiguos y guardan todos relación de continuidad unos con otros. Son vistosos y coloridos aunque la temática es igual de tétrica que en los anteriores. Al salir nos indican el camino al "museo". Una caminata entre la frondosa vegetación y llegamos a una choza de paja con una discreta puerta, apenas una sala de unos pocos metros cuadrados donde se amontonan retablos, dividida por una reja en cuyo interior un monje guarda textos antiguos, retablos y cruces. La luz es tenue y el ambiente sórdido, húmedo y caluroso. Es el museo más su generis que he visto en mi vida pero tiene el encanto que tienen las cosas por aquí.
Si alguien lee esto y desea hacer este paso....el primer monasterio no vale nada la pena, el segundo si. Más de un monasterio no vale en absoluto la pena, se repiten. La entrada cuesta 100birr (4,76€) por persona. Es poco o mucho si con eso almuerzas. Salvo el monje que da las explicaciones no hay más monjes ni se respira ambiente de religiosidad sino que se percibe estar en un show organizado para turistas.
Volvemos a la barca y empezamos el retorno a Bahar Dar. El barquero nos desvía a un meandro del lago donde la vegetación exuberante en toda a orilla aquí se convierte en llanura flotante de cañas y juncos. Para el motor y nos señala un punto. De repente se oye un bufido fuerte que hace eco y dos sombras grandes negras que emergen del agua, son hipopótamos. Al rato se les une otro ejemplar más. Retozan y flotan ante la mirada incrédula de todo el pasaje. Una nueva parada en otra isla y otro monasterio, aquí ya pasamos de entrar. Nos intentan cobrar por pisar la isla, ni caso. Hay algo de tiempo que da para un delicioso café en una choza del lugar.
Volvemos a la ciudad, hora de comer y descansar un rato del trayecto y sobre todo de la vuelta que resultó excesivamente tediosa. Por la tarde nos dirigimos a la estación de guaguas, una explanada de tierra y charcos donde se amontonan vetustas guaguas de prolíficos colores y en un estado que va del lamentable a "ahNo í no voy ni loco". Primer precio del billete, es tarifa farengi. Farengi es la desviación del término inglés "foreing" que ha quedado para llamar al blanco. En las cosas cotidianas el precio es igual pero en cosas como el transporte habrá siempre un plus por farengi. Si, es racismo. Se lo enseñamos nosotros.
Hay un tipo especialmente plasta que no nos deja preguntar y que nos sigue a cada paso repitiendo una y otra vez el mismo tantra. El idiota de cada pueblo, ese mismo. Luego de unas palabras desisto, mañana lo volvemos a intentar. Pero uno que oyó la discusión con el idiota nos sigue, y nos ofrece un precio decente, "local price". Parece sincero y ofrece como garantía su palabra. Esa es la mejor moneda entre dos personas, la palabra.
Un paseo por la "main street" donde los puestos de frutas se amontonan a ambos lados con plátanos y naranjas. En el piso unas mujeres preparan piñas de millo tostándolas en unos braceros, los limpiabotas hacen su agosto y las tiendas de tecnología se suceden por toda la calle. El deporte nacional es el billar, las terrazas de los cafés se colman de clientela y los tuc tucs juegan a no chocar girando la rotonda. Ya es de noche, las tímidas luces tratan de romper la oscuridad.
Cena y retorno al cuartel en Bahar Dar.
Partimos con las primeras luces del día en una pequeña lancha con un grupo de viajeros europeos y turistas locales. El ritmo de nuestra lancha es cansino y el mar inmenso. Mucho rato después alcanzamos la primera de las islas donde se asienta uno de los monasterios. Un monje nos explica su religión y nos enseña libros de cientos de años penosamente conservados en unas húmedas estanterías. Seguimos al monasterio, Entos Eyesu. Un templo nuevo con nada de encanto, circular, techumbre cónica de chapas y un interior con una sala y un corredor en redondo por detrás de esta. Tiene una serie de grabados con clara simbología ortodoxa pero que no guardan ninguna consistencia histórica.
Los cuadros no dejan de ser curioso, gente cocinada en ollas, decapitados, ahorcados, empalados, crucificados...todo un claro mensaje de amor. El señor nos explica cada cuadro y una amable señora lo traduce para todos. Vuelta a la barca y otro recorrido hasta otra isla, más grande. Subimos un camino empedrado con ventorrillos como tiendas de souvenirs, vistosas telas, bolsos, piezas de retablo hechas en tela y cruces de todo tipo y forma.
Se alcanza el monasterio, Debre Maryam. Otro edificio como el anterior, de paja y adobe recubierto de chapas, que al calor hacen que dentro sea un horno. Moquetas en el suelo y un pasillo que recorre en redondo toda la colección de retablos de la iglesia. Estos son antiguos y guardan todos relación de continuidad unos con otros. Son vistosos y coloridos aunque la temática es igual de tétrica que en los anteriores. Al salir nos indican el camino al "museo". Una caminata entre la frondosa vegetación y llegamos a una choza de paja con una discreta puerta, apenas una sala de unos pocos metros cuadrados donde se amontonan retablos, dividida por una reja en cuyo interior un monje guarda textos antiguos, retablos y cruces. La luz es tenue y el ambiente sórdido, húmedo y caluroso. Es el museo más su generis que he visto en mi vida pero tiene el encanto que tienen las cosas por aquí.
Si alguien lee esto y desea hacer este paso....el primer monasterio no vale nada la pena, el segundo si. Más de un monasterio no vale en absoluto la pena, se repiten. La entrada cuesta 100birr (4,76€) por persona. Es poco o mucho si con eso almuerzas. Salvo el monje que da las explicaciones no hay más monjes ni se respira ambiente de religiosidad sino que se percibe estar en un show organizado para turistas.
Volvemos a la barca y empezamos el retorno a Bahar Dar. El barquero nos desvía a un meandro del lago donde la vegetación exuberante en toda a orilla aquí se convierte en llanura flotante de cañas y juncos. Para el motor y nos señala un punto. De repente se oye un bufido fuerte que hace eco y dos sombras grandes negras que emergen del agua, son hipopótamos. Al rato se les une otro ejemplar más. Retozan y flotan ante la mirada incrédula de todo el pasaje. Una nueva parada en otra isla y otro monasterio, aquí ya pasamos de entrar. Nos intentan cobrar por pisar la isla, ni caso. Hay algo de tiempo que da para un delicioso café en una choza del lugar.
Volvemos a la ciudad, hora de comer y descansar un rato del trayecto y sobre todo de la vuelta que resultó excesivamente tediosa. Por la tarde nos dirigimos a la estación de guaguas, una explanada de tierra y charcos donde se amontonan vetustas guaguas de prolíficos colores y en un estado que va del lamentable a "ahNo í no voy ni loco". Primer precio del billete, es tarifa farengi. Farengi es la desviación del término inglés "foreing" que ha quedado para llamar al blanco. En las cosas cotidianas el precio es igual pero en cosas como el transporte habrá siempre un plus por farengi. Si, es racismo. Se lo enseñamos nosotros.
Hay un tipo especialmente plasta que no nos deja preguntar y que nos sigue a cada paso repitiendo una y otra vez el mismo tantra. El idiota de cada pueblo, ese mismo. Luego de unas palabras desisto, mañana lo volvemos a intentar. Pero uno que oyó la discusión con el idiota nos sigue, y nos ofrece un precio decente, "local price". Parece sincero y ofrece como garantía su palabra. Esa es la mejor moneda entre dos personas, la palabra.
Un paseo por la "main street" donde los puestos de frutas se amontonan a ambos lados con plátanos y naranjas. En el piso unas mujeres preparan piñas de millo tostándolas en unos braceros, los limpiabotas hacen su agosto y las tiendas de tecnología se suceden por toda la calle. El deporte nacional es el billar, las terrazas de los cafés se colman de clientela y los tuc tucs juegan a no chocar girando la rotonda. Ya es de noche, las tímidas luces tratan de romper la oscuridad.
Cena y retorno al cuartel en Bahar Dar.
martes, 13 de octubre de 2015
Rumbo al norte
Apenas son las 4 de la mañana y toca diana. A las 5 debemos estar en Meskel Avenue para tomar la guagua que nos ha de llevar a Bahar Dar. Llegamos a la explanada donde se alinean las guaguas y se alinean las personas que las han de llenar. Las barrigas abiertas para ingerir el equipaje de los viajeros. Vamos preguntando en una y en otra hasta dar con la correcta.
La mochila abajo nosotros arriba, asientos 27 y 28 y muchas horas de camino por delante. Partimos cuando aún es de noche. Silencio, respaldos tumbados y cabezas ladeadas. El run run del motor y el sube baja de la carretera hace de canción de cuna para los dormilones. Me pongo los auriculares e intento dormir pero no es más que un duerme vela. En ello entreabro apenas los ojos y miro por la ventana, un manto de cuadriculas de tonos verdes cubre hasta el horizonte por donde el sol intenta abrirse paso. Es un descenso desde la altura de la meseta sobre la que se asienta Addis.
La carretera es apenas un hilo negro que juguetea con el paisaje, sorteando las haciendas, esquivando los árboles y acariciando los bosques como sino quisiera romper nada a su paso. Pasado un rato, cuando ya la mañana cobra entidad, la guagua se detiene. Es el momento de ir al servicio, es decir, de ir al campo. Los hombres y las mujeres se dispersan por el paisaje buscando la insignificante intimidad que brinda el lugar. De fondo una cascada se precipita desde un par de decenas de metros. Al otro lado una extensa llanura aún cubierta por la niebla de la mañana.
Volvemos a subir a la guagua y vuelvo a intentar dormir. Ahora cuesta más. La guagua dispone de un televisor en la parte delantera y otro en la trasera que pende justo sobre nuestras cabezas. En este país el volumen es alto siempre y hoy no iba a ser menos. Después de un rato de música lugareña empezamos con los culebrones que tienen que ser divertidos a juzgar por las risas de los espectadores.
Curvas, subidas y bajadas y ese constante querer y no poder dormir al paso de las horas. Nueva parada esta vez para comer. En la guagua solo van autòctonos, una pareja joven española y cuatro japoneses. Tomamos al asalto un discreto local al borde de la carretera. Atendido por una prole de trabajadores al mando de una señora grande, culona, teñida de rubio, que viste un atuendo blanco y zapatos a juego. No es cuestión de tentar al estómago en este tipo de transportes, así que tomamos café y andando. Unas fotitos por fuera y pa'la guagua.
Otro par de horas (par canario, que son unas cuantas o unas pocas, pero más de dos) y un cartel nos avisa de nuestro destino, Bahar Dar. Bajar de la guagua ya tener que adoptar un guía y un tuc tuc para ir al Hotel. Teníamos un reserva on line en el Hotel Tana, pegadito a la orilla del lago. Entramos y el de recepción nos dice que no vale on line y que el precio es distinto. Unas cuatro veces más. Todo un negocio.
Vuelta al centro y tour por varios establecimientos hasta encontrar uno con precio razonable. Tienen un conocimiento diferente del dinero, entienden que un blanco que viene desde muy lejos hasta aquí tiene dinero de sobra. En cierto sentido tiene lógica pero no entienden que uno es un trabajador que debe moderar lo que gasta y hay ocasiones en que parece que pierden el norte con el precio de las cosas. Así que hay que estar siempre atento, buscar y rebuscar.
Dejamos las cosas en el Hotel y salimos a pasear, la tarde cae pronto y el día está oscuro. Un recorrido por el mercado, algunas fotos y luego caminamos hacía la orilla del Lago Tana. Un inmenso paisaje, que más parece un mar que un lago, donde se acumulan decenas de especies de aves a cual más enorme que la otra. Junto a la orilla, una choza hace de cafetería y restaurante. Momento de degustar otro rico café etíope. En los locales, el café es un aparte. Algunos tienen cafetera a lo italiano pero en muchos sitios tienen un apartado en el suelo, con un brasero de carbón donde una joven prepara las cafeteras que le van encargando. El café se sirve con cotufas y con un brasero pequeño que hace de incienso.
Cae la noche mientras cierran el embarcadero. Al fondo el cielo se ilumina a golpe de relámpago. Hora de cenar y descansar. Mañana más....
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