martes, 27 de octubre de 2015

El día que fui Agustín Garamendia...


Lalibela es una pequeña población, algo dispersa situada en las montañas de Lasta. Un paraje de gran belleza con casas de piedra, circulares y techumbres cónicas salpicadas entre la vegetación. Fue esta capital de los reinos etíopes allá por el siglo XII y XIII tomando precisamente el nombre del rey que dio inicio la dinastía. Destaca Lalibela por la existencia de un conjunto de iglesias excavadas en la roca por debajo del nivel del piso. Once excepcionales monumentos que son Patrimonio de la Humanidad.

Así afrontamos nuestro tercer día en la ciudad con la intención de visitar esta maravilla del mundo. El Guest House en el que nos alojamos se encuentra en la parte baja de la villa, de manera que volvemos a trepar calle arriba aprovechando las escuálidas sombras bajo un sol que es un castigo. La carretera se haya en obras en varios puntos. Casi no hay máquinas, ni carretillas siquiera, todo se hace con manos, muchas manos. Las manos de los hombres que golpean las piedras hasta darles forma y las mujeres que las cargan de un punto a otro. Un trabajo duro sin medios pero con un resultado excepcional. Ya quisieran en mi país poner adoquines como ponen estos etíopes.

La entrada al complejo de las iglesias vale la friolera de 50$ por persona, algo más de 2000birr para los dos. Esa costumbre etíope de no tener maldita consideración del dinero. Entramos en la sala de venta de boletos. Nos cachean y revisan las pertenencias. Ahí uno de los de la entrada ve la GoPro y se lo cuenta al tipo que vende los boletos. Pues ya no son 100$, ahora son 12$ más porque llevo una videocámara. Se ve que nadie le ha contado a estos buenos trabajadores que la gran mayoría de cámaras son de fotos y de video. Ante el enésimo robo al que voy a ser sometido tiramos de plan B.

El plan B consiste descaradamente en colarse. Las iglesias se agrupan en 2 conjuntos más San Jorge que se encuentra exenta. De la misma manera que solo hay seguridad en el primer conjunto pero te mueles inmolar en las demás y volarlas por los aires, nadie controla si tienes o no tienes boleto o de cuando es. La noche anterior nuestros amigos argentinos nos dejaron su ticket de entrada, que es nominal. Le echamos cara y nos dirigimos a San Jorge, paso firme y decidido. Cuando llevamos unos metros un operario nos pide el ticket. Allá va el ticket del día anterior a nombre de Agustín Garamendia, de Buenos Aires. Momento de tensión hasta que el operario entona un "ok". Ya estamos dentro.

Caminamos una plataforma de roca roja hasta llegar al abismo en el que emerge la planta cruciforme de San Jorge. Increíble que una obra así date del siglo XI. Un perfecto bloque excavado en la roca y luego vaciado formando un edifico matemáticamente perfecto. Se desciende a su interior por un canal excavado en la misma roca que lleva hasta una puerta que da entrada al complejo. En un lado el cementerio, como en Abune Yemata, una cueva en la que se depositan los cuerpos de los fallecidos y en la que sobresalen partes momificadas por la sequedad del ambiente. Entramos a la iglesia, un conjunto de arcos y pilares también es excavados romanos la sostienen. En el interior el  sacerdote espera su propina, que una vez satisfecha produce un "efecto pose" muy entrenado para esperar la foto correspondiente.

Es mediodía, cierran las iglesias. Nos dirigimos hacía parte alta en busca de nuestro lugar favorito de Lalibela, "Cafe John". Allí nos esperan nuestros amigos Abtemo y Haitu. Nuestros dos nenes etíopes. Tenemos con ellos el pacto de echarles una mano con los estudios a cambio de su responsabilidad y compromiso. Lo primero que asumimos es la compra de sus  uniformes para que puedan asistir al cole. En estas cosas uno nunca sabe si le están timando, la necesidad agudiza las malas artes de las personas, pero la cantidad de dinero es tan humilde que vale la pena el riesgo. Si es un timo no perdemos nada si es verdad quizás estamos ayudando un poco en que dos niños tengan un futuro mejor.



Almorzamos, compramos algunos souvenirs y tratamos de buscar un medio de transporte directo a Addis Ababa. Siendo el último recorrido a emprender y harto de las guaguas locales y los meneos por carreteras de balastro, intentamos encontrar algo mejor. Conseguimos un todoterreno que nos habrá de llevar a Waydila y tras un transbordo a la capital. No es barato pero elimina un día de ruta y nos permite llegar a media tarde....espero.

Toca visitar el segundo grupo de iglesias. Hay que repetir el plan. Paso firme, cabeza alta, decididos. No llevamos guía así que nos piden el ticket, el trabajador lo revisa. Ok. Lo hemos vuelto a hacer. En este conjunto hay tres iglesias, dos de menos porte y la soberbia presencia de San Ammanuel, un monolito de 18 metros de planta por 12 de ancho de otros 12 de alto, sustentado por 38 columnas excavadas y formando arcos romanos que han hecho que permanezca en pie durante siglos y siglos. Si esto lo hace Calatrava...

Al primer grupo no podemos ir, podríamos intentarlo pero tampoco es cuestión de tentar la suerte. Con mi aspecto deberían ser muy idiotas los revisores para no darse cuenta que mi boleto es falso. Hay una posibilidad entrando por una puerta algo más arriba del centro de venta de tickets pero preferimos no tentar la suerte. Otra vez será, que cuatro iglesias en un día para un ateo son plato suficiente.

Nos dirigimos al Guest House cuando abren las puertas de los colegios próximos convirtiendo las calles en una desbandada de chiquillos y chiquillas vestidos de rojo o azul, según la escuela. Todos tiene algo que decirnos o pedirnos. Somos la atracción.  En una terraza cercana un grupo de turistas rosaditos, vestidos de Coronel Tapioca saborea un café antes de volver a subirse al todoterreno hasta la próxima parada.

Hemos quedado a merendar con Haitu y Abtemo, nos muestran el ticket de encargo del uniforme, ya mañana no tendrán problemas para acudir a clase. Nos miran y sonríen mientras se zampan un bocata de huevo y apuran un batido de papaya. Nosotros y nuestos lujos, ellos y su orgullo. Cuanto por aprender. Llega el momento de despedirnos, algo de nosotros se quedará en Lalibela por siempre.

Cae la noche, ultiman los días de esta aventura en el día que fui Agustín Garamendia...


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