sábado, 10 de octubre de 2015

Entre carreras, vuelos y mercados...


"Viajar es un impás, un paréntesis en nuestra vida que nos permite vivir, por un tiempo, otra vida"

Entre vuelos, enlaces y carreras alcanzamos nuestro objetivo en el corazón de África. Salimos temprano de Madrid con tiempo suficiente de llegar al aeropuerto, desayuno tranquilo y metro hasta la T4. Decía mi viejo que "somos animalitos de costumbre" y como yo soy muy animalito pues me he acostumbrado a volar desde la T4 con Qatar Airways pero esta vez volaba con Turkish Airlines, que sale de la T1!! Total que empiezan las prisas, corre que te corre para coger la guagua que nos lleva hasta  la terminal correcta. Hemos perdido todo el tiempo de sobra que llevábamos y nos toca al fondo del avión en ambos vuelos.

Despegamos de Madrid con algo de retraso y alcanzamos Istanbul apenas cuatro horas después. Otro momento de carreritas por la zona de tránsito para embarcar seguido el vuelo que nos traerá hasta Etiopía. Pasillos atestados de personas de toda etnia y origen en un incesante ir y venir de quienes llegan, quienes parten y quienes siguen de viaje a lugares más remotos.

En apenas unos minutos estamos cual Jonás en la barriga de otra ballena grandota voladora. El sol cae sobre Istanbul justo cuando subimos la escalinata del avión. Una de esas puestas de sol como solo he visto a orillas del Bósforo. En el despegue ya la noche es oscura e Istanbul nos despide iluminando toda su extensión, ascendemos paralelos al estrecho del Bósforo, se distinguen los minaretes de las grandes mezquitas, Kadikoy, Eminomu, el puente Gálata, Uzkudar y la negra oscuridad del mar salpicada de cientos de luces en movimiento.

Dos películas después bajo nuestros pies se distinguen las escasas luces de Addis Ababa, en claro contraste con el espectáculo vivido horas atrás. Tomamos tierra, pasillo de acceso al aeropuerto y dos funcionarios que nos reciben, como ya me pasó en Delhi, con termómetro en mano "disparando" a todo el recién llegado. Trámites de aduana, pasaporte, recoger la mochila, cambiar dinero y a la calle. Ya tenemos un colega que nos lleva al taxi por si nos perdemos. Entre unos y otros miran y remira la dirección del Guest House. Cuando parece que todo está claro, partimos.

Acostumbrado a viajar con auténticos psicópatas del volante en Vietnam e India, este buen señor que nos lleva es una señora mayor conduciendo. A paso de tortuga avanzamos por una avenida grande, amplia con edificios en construcción a ambos lados, un muro de separación de sentidos....y sin asfalto! Recorremos metro a metro sobre una grava plagada de boquetes que algunos esquiva y otros los descendemos y ascendemos. Tampoco hay luz, las sombras se mueven por un costado y otro de la carretera como almas en pena, sin rumbo y sin sentido. Tan solo alguna hoguera de quienes buscan calor rompe la siniestra oscuridad. Los hoteles nuevos iluminados de arriba a abajo son como oasis de luz inertes en el horizonte.

Se hacen necesarias varias llamadas de nuestro venturoso conductor con el Guest House para lograr acercarnos, ni llegar supo el hombre. Hacemos transbordo al furgón del Guest House que nos sale al encuentro en otra pista de grava y boquetes en la que estábamos a la deriva. Se trata de un barrio de alojamientos con muros altos protegidos por concertinas y con frondosos jardines. Es tarde y en esta zona ya no se ve a nadie.

Madrugón para coincidir con la hora del desayuno, triste desayuno por cierto. El plan es conocer el Merkato, una amplia zona de Addis Ababa destina a la venta de todo tipo de mercancías, ropas, enseres, muebles y manufacturas diversas. Calles y callejones infectos de tiendas que ocupan su espacio y la calle, coches, guaguas, furgonetas y camiones en cargados hasta los topes, los uno de personas y los otros de cosas. Algunos de personas y de cosas. Porteadores que cargan sobre sus cabezas decenas de colchones en un ejercicio de inaudito equilibrio, burros, no más grandes que un perro grande, correteando cargados delante de un buen señor que intenta conducirlos. Rebaños de cabras dirigidos por la sabia vara que agita la mano.

Todo es caos y todo es orden. Difícil trabajo de la "traffic police" apostada en algunos cruces y resultando invisibles para casi todos. Así pasamos el día y la tarde. Almorzando en el propio Merkato. Todo es muy muy barato, comer es nada pero otra cosa es el transporte. Suponía que sería algo que traería dificultades a este periplo y no me equivoqué. Me quedé corto. Si almorzar cuesta 2€ para dos, tomar un taxi a cualquier lado no tendrá en ningún caso una exigencia menor a 8€. Casi que da igual el destino y la distancia que parece que los 200birr son la tasa oficial para moverse.

Cae la tarde, los ajetreados hombres de hace unas horas caminan ahora con una ramas en la manos o permanecen sentados escogiendo las hojitas verdes y llevándolas a su boca. Se trata del Chat, una hoja que masticada una y otra vez puede llegar a producir efectos alucinógenos. Es legal e incluso es exportada con pingües beneficios fuera de Etiopía. Sin embargo no es un ambiente que me resulte agradable en exceso. Cae la oscuridad y es tiempo de volver al Guest House.

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