martes, 13 de octubre de 2015
Rumbo al norte
Apenas son las 4 de la mañana y toca diana. A las 5 debemos estar en Meskel Avenue para tomar la guagua que nos ha de llevar a Bahar Dar. Llegamos a la explanada donde se alinean las guaguas y se alinean las personas que las han de llenar. Las barrigas abiertas para ingerir el equipaje de los viajeros. Vamos preguntando en una y en otra hasta dar con la correcta.
La mochila abajo nosotros arriba, asientos 27 y 28 y muchas horas de camino por delante. Partimos cuando aún es de noche. Silencio, respaldos tumbados y cabezas ladeadas. El run run del motor y el sube baja de la carretera hace de canción de cuna para los dormilones. Me pongo los auriculares e intento dormir pero no es más que un duerme vela. En ello entreabro apenas los ojos y miro por la ventana, un manto de cuadriculas de tonos verdes cubre hasta el horizonte por donde el sol intenta abrirse paso. Es un descenso desde la altura de la meseta sobre la que se asienta Addis.
La carretera es apenas un hilo negro que juguetea con el paisaje, sorteando las haciendas, esquivando los árboles y acariciando los bosques como sino quisiera romper nada a su paso. Pasado un rato, cuando ya la mañana cobra entidad, la guagua se detiene. Es el momento de ir al servicio, es decir, de ir al campo. Los hombres y las mujeres se dispersan por el paisaje buscando la insignificante intimidad que brinda el lugar. De fondo una cascada se precipita desde un par de decenas de metros. Al otro lado una extensa llanura aún cubierta por la niebla de la mañana.
Volvemos a subir a la guagua y vuelvo a intentar dormir. Ahora cuesta más. La guagua dispone de un televisor en la parte delantera y otro en la trasera que pende justo sobre nuestras cabezas. En este país el volumen es alto siempre y hoy no iba a ser menos. Después de un rato de música lugareña empezamos con los culebrones que tienen que ser divertidos a juzgar por las risas de los espectadores.
Curvas, subidas y bajadas y ese constante querer y no poder dormir al paso de las horas. Nueva parada esta vez para comer. En la guagua solo van autòctonos, una pareja joven española y cuatro japoneses. Tomamos al asalto un discreto local al borde de la carretera. Atendido por una prole de trabajadores al mando de una señora grande, culona, teñida de rubio, que viste un atuendo blanco y zapatos a juego. No es cuestión de tentar al estómago en este tipo de transportes, así que tomamos café y andando. Unas fotitos por fuera y pa'la guagua.
Otro par de horas (par canario, que son unas cuantas o unas pocas, pero más de dos) y un cartel nos avisa de nuestro destino, Bahar Dar. Bajar de la guagua ya tener que adoptar un guía y un tuc tuc para ir al Hotel. Teníamos un reserva on line en el Hotel Tana, pegadito a la orilla del lago. Entramos y el de recepción nos dice que no vale on line y que el precio es distinto. Unas cuatro veces más. Todo un negocio.
Vuelta al centro y tour por varios establecimientos hasta encontrar uno con precio razonable. Tienen un conocimiento diferente del dinero, entienden que un blanco que viene desde muy lejos hasta aquí tiene dinero de sobra. En cierto sentido tiene lógica pero no entienden que uno es un trabajador que debe moderar lo que gasta y hay ocasiones en que parece que pierden el norte con el precio de las cosas. Así que hay que estar siempre atento, buscar y rebuscar.
Dejamos las cosas en el Hotel y salimos a pasear, la tarde cae pronto y el día está oscuro. Un recorrido por el mercado, algunas fotos y luego caminamos hacía la orilla del Lago Tana. Un inmenso paisaje, que más parece un mar que un lago, donde se acumulan decenas de especies de aves a cual más enorme que la otra. Junto a la orilla, una choza hace de cafetería y restaurante. Momento de degustar otro rico café etíope. En los locales, el café es un aparte. Algunos tienen cafetera a lo italiano pero en muchos sitios tienen un apartado en el suelo, con un brasero de carbón donde una joven prepara las cafeteras que le van encargando. El café se sirve con cotufas y con un brasero pequeño que hace de incienso.
Cae la noche mientras cierran el embarcadero. Al fondo el cielo se ilumina a golpe de relámpago. Hora de cenar y descansar. Mañana más....
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario