Decía Fito Paéz: "....el mundo está lleno de hijos de puta y hoy especialmente está llena la ruta..." Imagino que Etiopía tiene el número de hijos de puta que, proporcionalmente, corresponde a su población. Lo curioso es que yo voy tropezando con todos ellos en mi caminar. Allá donde hay un hijo de puta tengo la innata capacidad para entablar algún tipo de relación en la que el sujeto tenga oportunidad de demostrarme lo hijo de puta que es.
La intención era partir hacía a Addis esta mañana. El domingo tuvimos una oferta de un chófer de una guagua turística para llevarnos directamente por 700 birr por cabeza. Tuvimos que declinar tal oferta porque no habíamos visto las iglesias con el fallo de internet y el acceso al dinero que ya he contado. Le pasamos el contacto a nuestros amigos argentinos que si lo pudieron aprovechar. Ese conductor se nos ofreció a pagar el hotel y cobrar el importe más su transporte una vez arribado a Addis. Un tipo legal.
Ayer, agotada nuestra estancia en Lalibela intentamos encontrar otro conductor en los alrededores del hotel 7 Olivos. Como tenemos el imán patentado para personas de mierda pues se ve que dimos con el más mierda. Empieza pidiendo 100birr más que el anterior pero tampoco vamos a ponernos a discutir por 4,75€ de diferencia cuando lo que queremos es llegar a la capital cuanto antes. Es nuestro último trayecto y la idea es no tomar un bus local porque estamos cansados de sus incomodidades y un lujo de bajar en una buena guagua o en un todoterreno desconsuela.
Primero nos dice que nos recoge a las 4:00 y nos lleva directo. Le decimos cual es nuestro Guest House para que nos recoja. Se presenta por la tarde y nos cambia el itinerario. Nos lleva a Weldiya, ahí hacemos transbordo y otro coche nos lleva a Addis. Nos pide la mitad por adelantado, como soy idiota y el señor de ayer confiaba en nosotros pues aplico la misma política de confianza. Mientras estamos cenando aparece el colega otra vez. Ahora es que el coche tiene que ir al taller por la mañana y nos recoge a las 9:30....paciencia.
Esta mañana a las 9:30 con todo listo y ha aparecido el coche con el conductor a las 12:30! Un Toyota Land Cruiser Station Wagon con ruedas de bicicleta y desvencijado pero al menos cómodo. Con él cruzamos la carretera de tierra que separa Lalibela de Weldiya. La misma que hemos hecho con la guagua local el sábado pasado pero ahorrando dos horas en el trayecto. Llegamos a esta perdida localidad que apenas figura en el mapa. Ya no te habla el que te trajo sino que hay otros cinco intermediarios. Uno me dice que el coche viene en camino. Entiendo por coche algo similar a lo que nos trajo que fue lo convenido....cuando aparece una Toyota Hiace cargada como un burro.
La idea es que me haga los 600kms embutido como una sardina pagando los 800birr restantes y sin pasar ni un poquito de vergüenza. Nos encontramos con un pibe que nos hizo de asistente en nuestro primer paso por aquí camino de Lalibela. Uno de esos buscavidas que pululan en todos los puntos en los que puede pasar un blanco. Te echa una mano y se lleva su propina. Nos señala donde está la oficina de las guaguas y ya tenemos boleto para 4:30. El resto del dinero que debíamos dar al zángano vividor lo hemos invertido en una habitación de hotel y en cenar. Pierdo un día de estar en Addis pero este no se lleva mi plata.
Así estamos en un pueblo que no debe figurar ni en wikipedia donde el hotel no tiene wifi y donde el censo de camiones debe superar al de personas. Atractivos cero. Hemos ido a cenar a un hotel de los que parece bueno, si te llevas por el precio, con la única intención de parasitar la señal de wifi. Había fiesta, todos los modelos de Toyota en todoterreno estaban en el parking frente al hotel, luciendo adhesivos de UN, Fao o Save the Children. Baile y buffet para unos que no parece que lo pasen mal. Al final los milicos que vigilaban la entrada terminan con los restos del buffet.
Alguien me intentó justificar lo alto de los precios en no sé qué de los impuestos pero sigo pensando que cuando te intentan robar es porque el tipo es un hijo de puta. Por cada hijo de puta en Etiopía encontramos un montón de gente buena pero los hijos de puta siempre destacan más que la gente buena. No hay más que mirar el gobierno de mi país.
Hoy gracias a un hijo de puta hemos conocido la historia de Meki que quizás nunca tendrá un Toyota Land Cruiser pero tiene Humanidad y eso no se compra ni a precio de farengi.
ankorONtour 2015 Etiopía
miércoles, 28 de octubre de 2015
martes, 27 de octubre de 2015
El día que fui Agustín Garamendia...
Lalibela es una pequeña población, algo dispersa situada en las montañas de Lasta. Un paraje de gran belleza con casas de piedra, circulares y techumbres cónicas salpicadas entre la vegetación. Fue esta capital de los reinos etíopes allá por el siglo XII y XIII tomando precisamente el nombre del rey que dio inicio la dinastía. Destaca Lalibela por la existencia de un conjunto de iglesias excavadas en la roca por debajo del nivel del piso. Once excepcionales monumentos que son Patrimonio de la Humanidad.
Así afrontamos nuestro tercer día en la ciudad con la intención de visitar esta maravilla del mundo. El Guest House en el que nos alojamos se encuentra en la parte baja de la villa, de manera que volvemos a trepar calle arriba aprovechando las escuálidas sombras bajo un sol que es un castigo. La carretera se haya en obras en varios puntos. Casi no hay máquinas, ni carretillas siquiera, todo se hace con manos, muchas manos. Las manos de los hombres que golpean las piedras hasta darles forma y las mujeres que las cargan de un punto a otro. Un trabajo duro sin medios pero con un resultado excepcional. Ya quisieran en mi país poner adoquines como ponen estos etíopes.
La entrada al complejo de las iglesias vale la friolera de 50$ por persona, algo más de 2000birr para los dos. Esa costumbre etíope de no tener maldita consideración del dinero. Entramos en la sala de venta de boletos. Nos cachean y revisan las pertenencias. Ahí uno de los de la entrada ve la GoPro y se lo cuenta al tipo que vende los boletos. Pues ya no son 100$, ahora son 12$ más porque llevo una videocámara. Se ve que nadie le ha contado a estos buenos trabajadores que la gran mayoría de cámaras son de fotos y de video. Ante el enésimo robo al que voy a ser sometido tiramos de plan B.
El plan B consiste descaradamente en colarse. Las iglesias se agrupan en 2 conjuntos más San Jorge que se encuentra exenta. De la misma manera que solo hay seguridad en el primer conjunto pero te mueles inmolar en las demás y volarlas por los aires, nadie controla si tienes o no tienes boleto o de cuando es. La noche anterior nuestros amigos argentinos nos dejaron su ticket de entrada, que es nominal. Le echamos cara y nos dirigimos a San Jorge, paso firme y decidido. Cuando llevamos unos metros un operario nos pide el ticket. Allá va el ticket del día anterior a nombre de Agustín Garamendia, de Buenos Aires. Momento de tensión hasta que el operario entona un "ok". Ya estamos dentro.
Caminamos una plataforma de roca roja hasta llegar al abismo en el que emerge la planta cruciforme de San Jorge. Increíble que una obra así date del siglo XI. Un perfecto bloque excavado en la roca y luego vaciado formando un edifico matemáticamente perfecto. Se desciende a su interior por un canal excavado en la misma roca que lleva hasta una puerta que da entrada al complejo. En un lado el cementerio, como en Abune Yemata, una cueva en la que se depositan los cuerpos de los fallecidos y en la que sobresalen partes momificadas por la sequedad del ambiente. Entramos a la iglesia, un conjunto de arcos y pilares también es excavados romanos la sostienen. En el interior el sacerdote espera su propina, que una vez satisfecha produce un "efecto pose" muy entrenado para esperar la foto correspondiente.
Es mediodía, cierran las iglesias. Nos dirigimos hacía parte alta en busca de nuestro lugar favorito de Lalibela, "Cafe John". Allí nos esperan nuestros amigos Abtemo y Haitu. Nuestros dos nenes etíopes. Tenemos con ellos el pacto de echarles una mano con los estudios a cambio de su responsabilidad y compromiso. Lo primero que asumimos es la compra de sus uniformes para que puedan asistir al cole. En estas cosas uno nunca sabe si le están timando, la necesidad agudiza las malas artes de las personas, pero la cantidad de dinero es tan humilde que vale la pena el riesgo. Si es un timo no perdemos nada si es verdad quizás estamos ayudando un poco en que dos niños tengan un futuro mejor.
Almorzamos, compramos algunos souvenirs y tratamos de buscar un medio de transporte directo a Addis Ababa. Siendo el último recorrido a emprender y harto de las guaguas locales y los meneos por carreteras de balastro, intentamos encontrar algo mejor. Conseguimos un todoterreno que nos habrá de llevar a Waydila y tras un transbordo a la capital. No es barato pero elimina un día de ruta y nos permite llegar a media tarde....espero.
Toca visitar el segundo grupo de iglesias. Hay que repetir el plan. Paso firme, cabeza alta, decididos. No llevamos guía así que nos piden el ticket, el trabajador lo revisa. Ok. Lo hemos vuelto a hacer. En este conjunto hay tres iglesias, dos de menos porte y la soberbia presencia de San Ammanuel, un monolito de 18 metros de planta por 12 de ancho de otros 12 de alto, sustentado por 38 columnas excavadas y formando arcos romanos que han hecho que permanezca en pie durante siglos y siglos. Si esto lo hace Calatrava...
Al primer grupo no podemos ir, podríamos intentarlo pero tampoco es cuestión de tentar la suerte. Con mi aspecto deberían ser muy idiotas los revisores para no darse cuenta que mi boleto es falso. Hay una posibilidad entrando por una puerta algo más arriba del centro de venta de tickets pero preferimos no tentar la suerte. Otra vez será, que cuatro iglesias en un día para un ateo son plato suficiente.
Nos dirigimos al Guest House cuando abren las puertas de los colegios próximos convirtiendo las calles en una desbandada de chiquillos y chiquillas vestidos de rojo o azul, según la escuela. Todos tiene algo que decirnos o pedirnos. Somos la atracción. En una terraza cercana un grupo de turistas rosaditos, vestidos de Coronel Tapioca saborea un café antes de volver a subirse al todoterreno hasta la próxima parada.
Hemos quedado a merendar con Haitu y Abtemo, nos muestran el ticket de encargo del uniforme, ya mañana no tendrán problemas para acudir a clase. Nos miran y sonríen mientras se zampan un bocata de huevo y apuran un batido de papaya. Nosotros y nuestos lujos, ellos y su orgullo. Cuanto por aprender. Llega el momento de despedirnos, algo de nosotros se quedará en Lalibela por siempre.
Cae la noche, ultiman los días de esta aventura en el día que fui Agustín Garamendia...
Fuera del mundo.
En el mundo en que vivimos podemos viajar por el mundo sin salir de casa y recorrer el mundo como si estuviéramos en casa. La tecnología nos ha dotado de herramientas que facilitan estar en contacto con todo y con todos desde cualquier lugar del mundo. Hace apenas, 10 años en mis primeros viajes en moto por España y Marruecos, el querer subir mi cuaderno de bitácora de cada etapa hacía preciosa la previa localización de un cyber café donde poder escribirla y darle luz. Aquellos primeros tiempos del pleistoceno de la tecnología en internet. Hoy casi no existen estos locales y las redes de wifi han extendido su dominio en casi todo el mundo. En casi todo, salvo en Lalibela.
Desde nuestra llegada el sábado por la tarde este pueblo rodeado de montañas ha vivido desconectado del siglo XXi. Las redes de wifi se activan pero sin tener conexión alguna con el mundo. Este hecho ocasiona otro grave problema, los cajeros de los bancos no funcionan sin conexión a internet. Así de sencillo, no hay dinero. Si el wifi domina el mundo, cuanto más la red de ATM y la posibilidad de que el viajero obtenga dinero local en el más remoto lugar del planeta. Lalibela ha estado también desconectada del mundo económico y financiero.
Ayer fuimos agotando todas las reservas de birr que cargamos en la cartera con la esperanza de que el problema se solucionara a lo largo de la noche. No fue así. Para aumentar las dimensiones del problema esto se produce entre un sábado por la tarde y un domingo, cuando los bancos no están abiertos al público y nadie puede ofrecer información de cuando se solventará esta avería. No sabemos si el problema atañe solo a Lalibela o a un área mayor pero el banco más próximo no está a menos de 70 kilómetros de aquí.
Todo parece dibujarse en nuestra contra. El desayuno corre de cargo del hotel, de manera que a, menos garantizamos una comida. Apenas nos quedan 100 birr que pensamos invertir en algunas galletas y agua. También se ven alterados nuestros planes porque tan solo íbamos a permanecer un día en Lalibela y el hecho de no poder obtener dinero para pagar las entradas al complejo de iglesias excavadas nos hará permanecer un día más.
Así ha transcurrido el domingo de cristiana peregrinación por los cajeros automáticos de la villa, apenas son cuatro, uno estratégicamente colocado en la entrada del primer grupo de iglesias donde se adquiere el boleto para visitarlas. Es sabido la perfecta comunión que iglesia y dinero tienen en todos lados independientemente de la confesión en cuestión. Si hay plata hay dios.
Sin embargo, como escribía hace días, todo ying tiene su yang y este caso no iba a ser menos. En nuestro primer día en Lalibela hemos escalado las empinadas cuestas hacía el centro de la población, allá donde están los bancos. Es imposible andar solo en este país, siempre se te pega alguien que te saluda, te pregunta como estás, de qué país eres, dónde vas, cuál es tu nombre o simplemente te saluda y te da la bienvenida. También se pegan los nenes, pegajosos como moscas que van desde los que te hablan algo a los que directamente te piden "mani".
En ese ajetreo de espantar moscones andamos cuando se nos juntan dos chiquilines. Un niño y una niña. Se suman a nuestro paso cansino bajo el sol ya tenue de la tarde. Hablan un muy correcto inglés. Nos preguntan y les preguntamos, nos cuentan y les contamos. Nos acompañan un rato en el paseo hasta que una vez en la piazza de Lalibela paramos a tomar un café. Los invitamos a unos batidos de frutas y seguimos charlando. Los niños son fácil de que nos calan y estos nos calan en ese espacio que las personas reservamos cuando alguien nos da buena onda.
Abtemo tiene cerca de 15 pero su cuerpo delgado y no muy alto no denota más de 12, su sueño es ser médico. Haitu es una linda nena que pronto cumplirá 14, huérfana, ayuda a su mamá vendiendo cruces ortodoxas como souvenir a los turistas, sueña con ser veterinaria. Su vida no es fácil pero cuentan sus circunstancias sin pena, sin apenas tristeza sino con el ánimo de quien se apresta a al lucha por vencer las dificultades. La vida no es fácil para muchos en muchos lados pero, en sitios como Etiopía, obliga a un lucha constante. Vivir no tiene treguas en estas latitudes.
Hoy hemos vuelto a quedar con ellos, tras que nos dejaran en la puerta de nuestro Guest House, en la noche anterior. El plan de la mañana era comprobar si algún cajero funcionaba con la intención de poder ver las Iglesias y emprender la marcha camino de Addis. No, tampoco funcionaron a la mañana. Abtemo y Haitu andan por la plaza, nos tomamos un café al refugio del sol que aprieta fuerte. Dejando pasar el tiempo a la espera de que Lalibela se conectara con el mundo. Haitu nos invita a conocer su casa, caminamos hacía el lado este del pueblo entre sus calles y sus gentes, hasta llegar a una especie de barranquillo, atravesamos la frondosa vegetación hasta llegar a una casa de adobe y chapa de color lila y verde.
Es una casa bastante grande pero Haitu vive con su mamá en una estancia de la casa. Abre un candado y allí está todo su hogar de apenas 3 por 1,5 metros. Los que no teníamos dinero por un fallo de internet estábamos sentados en un cuarto humilde carente de toda comodidad. Haitu nos hace café y nos trae de la casa grande, de la dueña que le alquila el cuartito, un plato de injera con lentejas y col. Una muestra de bondad, una cachetada de dignidad en el rostro de quienes abrimos puertas llamando solo con el poder del dinero.
Por la tarde, hemos vuelto a trepar por las vías de adoquines y en obras bajo la esperanza de obtener unos míseros birr. Siguen sin funcionar, no hay conexión. Apenas queda algo de dinero para otro café en "John Cafe" donde incluso, la señora que ha vivido nuestro problema estos dos días nos ofrece cenar a crédito. Otra cachetada sin mano que diría mi viejo. Nos despedimos hasta mañana de nuestros amigos Abtemo y Haitu.
Nos quedan 50 birr y optamos por gastarlos en cerveza en compañía de una pareja argentina que hemos conocido bajo la mismas vicisitudes de no poder sacar "plata" del ATM. Cuatro Saint George dan paso a otras cuatro más y a un montón de charla donde se conjugan África, los viajes, las aventuras, las anécdotas, la Historia y la política. Guardo los últimos birr para agua. Ya no queda nada. Hoy habrá que dormir sin cenar.
Abandonamos el café con un último intento de visitar la pantalla del cajero separado apenas cincuenta metros del lugar. Milagro. Lalibela vuelve a estar conectada al mundo. El cajero escupe billetes que recojo como quien espera el maná. Volvemos sobre nuestros pasos al "John Cafe".
Por fin hoy podremos cenar.
Desde nuestra llegada el sábado por la tarde este pueblo rodeado de montañas ha vivido desconectado del siglo XXi. Las redes de wifi se activan pero sin tener conexión alguna con el mundo. Este hecho ocasiona otro grave problema, los cajeros de los bancos no funcionan sin conexión a internet. Así de sencillo, no hay dinero. Si el wifi domina el mundo, cuanto más la red de ATM y la posibilidad de que el viajero obtenga dinero local en el más remoto lugar del planeta. Lalibela ha estado también desconectada del mundo económico y financiero.
Ayer fuimos agotando todas las reservas de birr que cargamos en la cartera con la esperanza de que el problema se solucionara a lo largo de la noche. No fue así. Para aumentar las dimensiones del problema esto se produce entre un sábado por la tarde y un domingo, cuando los bancos no están abiertos al público y nadie puede ofrecer información de cuando se solventará esta avería. No sabemos si el problema atañe solo a Lalibela o a un área mayor pero el banco más próximo no está a menos de 70 kilómetros de aquí.
Todo parece dibujarse en nuestra contra. El desayuno corre de cargo del hotel, de manera que a, menos garantizamos una comida. Apenas nos quedan 100 birr que pensamos invertir en algunas galletas y agua. También se ven alterados nuestros planes porque tan solo íbamos a permanecer un día en Lalibela y el hecho de no poder obtener dinero para pagar las entradas al complejo de iglesias excavadas nos hará permanecer un día más.
Así ha transcurrido el domingo de cristiana peregrinación por los cajeros automáticos de la villa, apenas son cuatro, uno estratégicamente colocado en la entrada del primer grupo de iglesias donde se adquiere el boleto para visitarlas. Es sabido la perfecta comunión que iglesia y dinero tienen en todos lados independientemente de la confesión en cuestión. Si hay plata hay dios.
Sin embargo, como escribía hace días, todo ying tiene su yang y este caso no iba a ser menos. En nuestro primer día en Lalibela hemos escalado las empinadas cuestas hacía el centro de la población, allá donde están los bancos. Es imposible andar solo en este país, siempre se te pega alguien que te saluda, te pregunta como estás, de qué país eres, dónde vas, cuál es tu nombre o simplemente te saluda y te da la bienvenida. También se pegan los nenes, pegajosos como moscas que van desde los que te hablan algo a los que directamente te piden "mani".
En ese ajetreo de espantar moscones andamos cuando se nos juntan dos chiquilines. Un niño y una niña. Se suman a nuestro paso cansino bajo el sol ya tenue de la tarde. Hablan un muy correcto inglés. Nos preguntan y les preguntamos, nos cuentan y les contamos. Nos acompañan un rato en el paseo hasta que una vez en la piazza de Lalibela paramos a tomar un café. Los invitamos a unos batidos de frutas y seguimos charlando. Los niños son fácil de que nos calan y estos nos calan en ese espacio que las personas reservamos cuando alguien nos da buena onda.
Abtemo tiene cerca de 15 pero su cuerpo delgado y no muy alto no denota más de 12, su sueño es ser médico. Haitu es una linda nena que pronto cumplirá 14, huérfana, ayuda a su mamá vendiendo cruces ortodoxas como souvenir a los turistas, sueña con ser veterinaria. Su vida no es fácil pero cuentan sus circunstancias sin pena, sin apenas tristeza sino con el ánimo de quien se apresta a al lucha por vencer las dificultades. La vida no es fácil para muchos en muchos lados pero, en sitios como Etiopía, obliga a un lucha constante. Vivir no tiene treguas en estas latitudes.
Hoy hemos vuelto a quedar con ellos, tras que nos dejaran en la puerta de nuestro Guest House, en la noche anterior. El plan de la mañana era comprobar si algún cajero funcionaba con la intención de poder ver las Iglesias y emprender la marcha camino de Addis. No, tampoco funcionaron a la mañana. Abtemo y Haitu andan por la plaza, nos tomamos un café al refugio del sol que aprieta fuerte. Dejando pasar el tiempo a la espera de que Lalibela se conectara con el mundo. Haitu nos invita a conocer su casa, caminamos hacía el lado este del pueblo entre sus calles y sus gentes, hasta llegar a una especie de barranquillo, atravesamos la frondosa vegetación hasta llegar a una casa de adobe y chapa de color lila y verde.
Es una casa bastante grande pero Haitu vive con su mamá en una estancia de la casa. Abre un candado y allí está todo su hogar de apenas 3 por 1,5 metros. Los que no teníamos dinero por un fallo de internet estábamos sentados en un cuarto humilde carente de toda comodidad. Haitu nos hace café y nos trae de la casa grande, de la dueña que le alquila el cuartito, un plato de injera con lentejas y col. Una muestra de bondad, una cachetada de dignidad en el rostro de quienes abrimos puertas llamando solo con el poder del dinero.
Por la tarde, hemos vuelto a trepar por las vías de adoquines y en obras bajo la esperanza de obtener unos míseros birr. Siguen sin funcionar, no hay conexión. Apenas queda algo de dinero para otro café en "John Cafe" donde incluso, la señora que ha vivido nuestro problema estos dos días nos ofrece cenar a crédito. Otra cachetada sin mano que diría mi viejo. Nos despedimos hasta mañana de nuestros amigos Abtemo y Haitu.
Nos quedan 50 birr y optamos por gastarlos en cerveza en compañía de una pareja argentina que hemos conocido bajo la mismas vicisitudes de no poder sacar "plata" del ATM. Cuatro Saint George dan paso a otras cuatro más y a un montón de charla donde se conjugan África, los viajes, las aventuras, las anécdotas, la Historia y la política. Guardo los últimos birr para agua. Ya no queda nada. Hoy habrá que dormir sin cenar.
Abandonamos el café con un último intento de visitar la pantalla del cajero separado apenas cincuenta metros del lugar. Milagro. Lalibela vuelve a estar conectada al mundo. El cajero escupe billetes que recojo como quien espera el maná. Volvemos sobre nuestros pasos al "John Cafe".
Por fin hoy podremos cenar.
Otra odisea en la carretera.
Estoy en la duda de si despertarse a las 3:15 de la noche es madrugar o es casi no dormir. Con paso casino nos dirigimos con todos lo macutos hasta las oficina de Salem Bus con la firme idea de desplazarnos a Lalibela, a sabiendas que habrá que hacer un transbordo al llegar a Waydila. Estas guaguas son modernas y relativamente rápidas, porque estas carreteras tampoco dan para mucha alegría. El día anterior hemos intentado comprar el billete pero el buen señor de la oficina nos manifiesta que se compra directamente antes de salir.
A la vez que nosotros otras sombras con macutos se dirigen al mismo punto. Nos sentamos en las oficinas hasta que aparece la guagua, seguimos sin billete. Nos asignan unos asientos y hasta que no estamos casi en marcha no nos cobran el importe del trayecto. 165birr por cabeza, no hay ticket pero el pasaje local si muestra un billete al revisor. Este nos cobra el importe sin dar ningún comprobante a cambio. Dinero para el bolsillo de revisor y conductor.
Son las 5:30 y empezamos a andar. El trayecto lo realizo entre cabezadas y golpes de frenado de la guagua, tecnología china punta. Una paradita en el campo para que cada cual elija un árbol o un escondrijo donde dejar las aguas menores...o mayores. Es la única toma de contacto que tengo con el paisaje. Vuelvo a la guagua y vuelvo a las cabezadas y cabezazos.
Llegamos a Waydila, en medio de la nada. Nada más bajarnos un enjambre de vividores se nos echa encima preguntando dónde vamos. Intentamos desayunar cuando uno de estos personajes que todo lo hacen por una propina nos dice que una guagua sale directa a Lalibela. Allá que vamos. Se acabaron las comodidades y volvemos a los "level 1" locales. Otra abarrotada explanada, negociación incluyendo el "farengi tax" y para adentro. Si no hay sitio para ir juntos no hay problema, el que lleva el tema del pasaje se encarga de mover a un local y facilitarte el sitio. Para algo tiene que servir pagar 60birr más que los pasajeros negros.
Salimos de esta perdida localidad hacía nuestro destino. Otro de esos viajes ideales que pueden hacerte extrañar los trenes de India por su comodidad. A nada de empezar a rodar, nos quedan 180 kilómetros por delante, la carretera se convierte en una pista de tierra, piedras y zanjas como barrancos. La guagua que parece desarmarse en cada movimiento avanza con paso lento. Cada curva que deja el vacío al descubierto es una plegaria al buen funcionamiento de los frenos.
El paisaje es de montaña, seco, árido, sin árboles, solo con campos de cereal aquí y allá. Atravesamos barranqueras anchas, enormes, cargadas de grava por las que discurren hilos de agua, que en puntos se hacen charcos, donde se acumulan animales y personas. Su apariencia denota el volumen de agua que puede correr por estos ríos estacionales en temporadas de lluvias
Subimos y bajamos montañas, mesetas y colinas atravesando humildes poblados diseminados. Esas siempre habitadas carreteras con personas que salen de no se sabe dónde y que tampoco parece que tengan rumbo conocido. El ganado caprino copa el paisaje, muchas veces guiado por niños encargados de sus rebaños. Un palito corre sobre sus espadas de lado a lado, de hombro a hombro y bajo este un saco. Ese palo fino servirá de guía educativa del rebaño ya sea de cabras o de burros.
El sol aprieta, casi no se pueden abrir las ventanas para que el polvo de la pista no acabe resecando las fosas nasales, ya de por si convertidas en orilla de playa. El calor es intenso, pegajoso y el trayecto se hace interminable. Más ondulaciones del terreno, campos de teff y trigo y personas que pueblan el camino. El paisaje es de una belleza sublime aunque el cansancio y ansias por llegar lleve al viajero a acabar distrayéndose de las vistas.
Casi 5 horas después, 9 en total, estamos en Lalibela. La mochila viaja en lo alto de la guagua, dos tipos se suben a bajar el equipaje. Reparte bultos y bolsas a todos los pasajeros, menos las mochilas que denotan ser de un no local. Es ahí, donde uno de estos listos te exige una propina por bajarte la mochila que está bajando a todo los demás sin exigencia alguna. El conflicto se acaba con un "give me my fucking bag!" Entonces ya no hace falta propina y la mochila baja casi solita.
Llega a ser agotador esa constante necesidad de tener que abonar un plus por ser viajero en este país, se me queda cara de turista alemán en aquellos buenos tiempos del turismo en el sur de Tenerife donde se les robaba hasta por respirar. Espero que esta gente vaya aprendiendo a lidiar y convivir con el viajero y valorar la importancia que tiene el turismo de mochila, el que viaja con ellos, para el desarrollo de Etiopía.
Toca buscar hotel, un recorrido por unos cuantos que carecen de wifi hasta llegar al Heaven Hotel. Soy muy fan de esos hoteles que tienen nombres de lo más pretenciosos y como salidos de una novela de Corín Tellado. Es hora de almorzar, que la necesidad aprieta, y de salir a recorrer un poco la localidad. Un policía nos explica, como bien puede, donde se haya el centro de Lalibela, hay que ir hacía el este y subir. Empezamos a caminar por las empedradas calles de la ciudad sin saber muy bien el camino. Los todoterrenos pasan cargados de turistas rosaditos, de los que no pisan el suelo ni para ir al wc.
En nuestro camino encontramos un niño y una niña, 15 y 13 años, se convierten en nuestros guías ocasionales, en informadores de las características de las bellezas de Lalibela. Entre tanto tramposo siempre hay un oasis de buena voluntad y bondad. Ambos hablan perfectamente inglés. Nos llevan hasta el centro donde buscamos un cajero automático. Ninguno funciona, tampoco el wifi de los locales y hoteles. Algún fallo en el sistema de red nos ha complicado la tarde. A ver cómo hacemos mañana, agotadas nuestras provisiones dinerarias. Ese tipo de cosas que te pueden pasar a 6000 Kilómetros de casa y en domingo.
Camino al centro, por la zona de las iglesias excavadas, las mujeres se afanan por adoquinar las calles. Unas con adoquines cuadrados y otras con piedras del tamaño de un bloque. Si, las mujeres. Ellas son las que cargan la arena que va bajo las piedras y las piedras que pavimentarán las calles. Casi de la forma que Ildefonso Chacones describía de los obreros de la Catedral del Mar. Colocan la piedra en sus lumbares sujeta por ambas manos en su base y encorvando el cuerpo ligeramente hacía adelante. Una a una van cargando las piedras hasta el punto de colocación.
Solo hay dos hombres, el que las parte y el que las coloca. Todo lo demás mujeres de toda edad. El resto de los hombres está en el bar que esta tarde hay Premier...
A la vez que nosotros otras sombras con macutos se dirigen al mismo punto. Nos sentamos en las oficinas hasta que aparece la guagua, seguimos sin billete. Nos asignan unos asientos y hasta que no estamos casi en marcha no nos cobran el importe del trayecto. 165birr por cabeza, no hay ticket pero el pasaje local si muestra un billete al revisor. Este nos cobra el importe sin dar ningún comprobante a cambio. Dinero para el bolsillo de revisor y conductor.
Son las 5:30 y empezamos a andar. El trayecto lo realizo entre cabezadas y golpes de frenado de la guagua, tecnología china punta. Una paradita en el campo para que cada cual elija un árbol o un escondrijo donde dejar las aguas menores...o mayores. Es la única toma de contacto que tengo con el paisaje. Vuelvo a la guagua y vuelvo a las cabezadas y cabezazos.
Llegamos a Waydila, en medio de la nada. Nada más bajarnos un enjambre de vividores se nos echa encima preguntando dónde vamos. Intentamos desayunar cuando uno de estos personajes que todo lo hacen por una propina nos dice que una guagua sale directa a Lalibela. Allá que vamos. Se acabaron las comodidades y volvemos a los "level 1" locales. Otra abarrotada explanada, negociación incluyendo el "farengi tax" y para adentro. Si no hay sitio para ir juntos no hay problema, el que lleva el tema del pasaje se encarga de mover a un local y facilitarte el sitio. Para algo tiene que servir pagar 60birr más que los pasajeros negros.
Salimos de esta perdida localidad hacía nuestro destino. Otro de esos viajes ideales que pueden hacerte extrañar los trenes de India por su comodidad. A nada de empezar a rodar, nos quedan 180 kilómetros por delante, la carretera se convierte en una pista de tierra, piedras y zanjas como barrancos. La guagua que parece desarmarse en cada movimiento avanza con paso lento. Cada curva que deja el vacío al descubierto es una plegaria al buen funcionamiento de los frenos.
El paisaje es de montaña, seco, árido, sin árboles, solo con campos de cereal aquí y allá. Atravesamos barranqueras anchas, enormes, cargadas de grava por las que discurren hilos de agua, que en puntos se hacen charcos, donde se acumulan animales y personas. Su apariencia denota el volumen de agua que puede correr por estos ríos estacionales en temporadas de lluvias
Subimos y bajamos montañas, mesetas y colinas atravesando humildes poblados diseminados. Esas siempre habitadas carreteras con personas que salen de no se sabe dónde y que tampoco parece que tengan rumbo conocido. El ganado caprino copa el paisaje, muchas veces guiado por niños encargados de sus rebaños. Un palito corre sobre sus espadas de lado a lado, de hombro a hombro y bajo este un saco. Ese palo fino servirá de guía educativa del rebaño ya sea de cabras o de burros.
El sol aprieta, casi no se pueden abrir las ventanas para que el polvo de la pista no acabe resecando las fosas nasales, ya de por si convertidas en orilla de playa. El calor es intenso, pegajoso y el trayecto se hace interminable. Más ondulaciones del terreno, campos de teff y trigo y personas que pueblan el camino. El paisaje es de una belleza sublime aunque el cansancio y ansias por llegar lleve al viajero a acabar distrayéndose de las vistas.
Casi 5 horas después, 9 en total, estamos en Lalibela. La mochila viaja en lo alto de la guagua, dos tipos se suben a bajar el equipaje. Reparte bultos y bolsas a todos los pasajeros, menos las mochilas que denotan ser de un no local. Es ahí, donde uno de estos listos te exige una propina por bajarte la mochila que está bajando a todo los demás sin exigencia alguna. El conflicto se acaba con un "give me my fucking bag!" Entonces ya no hace falta propina y la mochila baja casi solita.
Llega a ser agotador esa constante necesidad de tener que abonar un plus por ser viajero en este país, se me queda cara de turista alemán en aquellos buenos tiempos del turismo en el sur de Tenerife donde se les robaba hasta por respirar. Espero que esta gente vaya aprendiendo a lidiar y convivir con el viajero y valorar la importancia que tiene el turismo de mochila, el que viaja con ellos, para el desarrollo de Etiopía.
Toca buscar hotel, un recorrido por unos cuantos que carecen de wifi hasta llegar al Heaven Hotel. Soy muy fan de esos hoteles que tienen nombres de lo más pretenciosos y como salidos de una novela de Corín Tellado. Es hora de almorzar, que la necesidad aprieta, y de salir a recorrer un poco la localidad. Un policía nos explica, como bien puede, donde se haya el centro de Lalibela, hay que ir hacía el este y subir. Empezamos a caminar por las empedradas calles de la ciudad sin saber muy bien el camino. Los todoterrenos pasan cargados de turistas rosaditos, de los que no pisan el suelo ni para ir al wc.
En nuestro camino encontramos un niño y una niña, 15 y 13 años, se convierten en nuestros guías ocasionales, en informadores de las características de las bellezas de Lalibela. Entre tanto tramposo siempre hay un oasis de buena voluntad y bondad. Ambos hablan perfectamente inglés. Nos llevan hasta el centro donde buscamos un cajero automático. Ninguno funciona, tampoco el wifi de los locales y hoteles. Algún fallo en el sistema de red nos ha complicado la tarde. A ver cómo hacemos mañana, agotadas nuestras provisiones dinerarias. Ese tipo de cosas que te pueden pasar a 6000 Kilómetros de casa y en domingo.
Camino al centro, por la zona de las iglesias excavadas, las mujeres se afanan por adoquinar las calles. Unas con adoquines cuadrados y otras con piedras del tamaño de un bloque. Si, las mujeres. Ellas son las que cargan la arena que va bajo las piedras y las piedras que pavimentarán las calles. Casi de la forma que Ildefonso Chacones describía de los obreros de la Catedral del Mar. Colocan la piedra en sus lumbares sujeta por ambas manos en su base y encorvando el cuerpo ligeramente hacía adelante. Una a una van cargando las piedras hasta el punto de colocación.
Solo hay dos hombres, el que las parte y el que las coloca. Todo lo demás mujeres de toda edad. El resto de los hombres está en el bar que esta tarde hay Premier...
Entre mercados...
El plan era no estar más de un día en Mekele, sin embargo el primero se perdió en el transporte desde Adigrat y ayer en cargarnos de agujetas caminando y escalando para ver Abune Yemata. Meterme en una guagua con las piernas como las tenía anoche no es buen plan. Tampoco nos dio tiempo a planear la salida. La explanada de guaguas se haya en las afueras y al volver tan tarde de Gherala no hubo tiempo de consultar las guaguas.
El momento del desayuno es el tiempo del breefing para planear como atacar el día, consulta de la guía, lugares a visitar y demás. Mekele tiene como atractivo el palacio de Johannes, hoy museo y que está cerrado por reformas durante meses. Si eran pocos atractivos. Buscamos la forma de salir, la opción de las guaguas locales y las furgonetas nos da mucha pereza, así que buscamos la opción de las guaguas grandes. Dos compañías que operan en parte del país pero que no cubren todos los trayectos. Selam bus no va directo a Lalibela, nuestro siguiente destino pero si lo hace a una población próxima de la que podremos tomar un transbordo en modo local.
Tenemos todo un día para gastar en Mekele, de forma que nos vamos al mercado en busca de gente y ambiente. Los mercados, como ya conté, no tienen mucho de exótico ni de colorido pero es el que hay. El sol aprieta de lo lindo y la luz es excesivamente fuerte para mi gusto. El mercado se desarrolla en torno a la mezquita, cuyo minarete destaca desde distancia. Es viernes y hora de la oración. La voz del almuecín retumba desde los altavoces colocados en lo alto del minarete. Los fieles se encaminan a paso ligero al templo. Cuando alcanzamos la mezquita esta está abarrotada de fieles de forma que más de cien se sitúan en plena calle, frente a la puerta entre tuc tucs y vendedores, a rezar. Se tiene el tráfico, los fieles rezan, los no musulmanes observan.
Se retiran los orantes, se recogen las alfombras y se recupera la normalidad del mercado. Muchos puestos ya cierran. Es el momento de más calor del día. Hay que buscar una sombra y volvemos al hotel a descansar un rato. Un almuerzo tonificante y al mercado otra vez, quiero experimentar el cambio de luz a ver qué tal se da. La luz en este país no es que sea un derroche, no suele haber luz pública en la calle, así que jugamos con las luces de cada puesto y los vehículos. Un primer recorrido para tirar algunas fotos con la tarde aún latente. Un café y vuelta al tajo ya con el sol desaparecido.
La noche se precipita apresuradamente. Las esquinas se llenan de personas que esperan su turno para tomar un transporte. Hileras de furgonetas azules y blancas se van apostando y cargando gente y bultos hasta que no cabe un alma. El tránsito es ligero, cargan y siguen en constante ajetreo. En los vértices de las manzanas se disponen las vendedoras de frutas, naranjas, plátanos y guayabos suele ser su catálogo de productos. Algunos puestos son en el mismo suelo y otros en carretillas lo que permite mayor movilidad. Las tiendas se iluminan. Nadie repara en mi presencia (de noche somos todos pardos) y puedo trabajar con tranquilidad.
Me gusta mucho ese juego de luces y sombras que se producen en la noche, la vida tiene una tonalidad distinta, los colores se realzan y las sombras enmarcan los sujetos. Como pez en el agua, camino y dejo fluir mi vista en busca de uno u otro detalle. Cada uno sigue su prisa, intentan vender los productos antes de la retirada del público, otros se encaminan a sus lugares de residencia, los dependientes atienden a destajo en sus pequeñas tiendas bajo el techo ondulado de los edificios de mercado...y yo saco fotos.
A medida que el mercado va quedando desierto y huérfano de luz vamos caminando hacia nuestro hotel, apurando los últimos disparos. Antes una parada para adquirir unas provisiones para el camino de mañana. Toca madrugar, casi no dormir, para seguir bajando al sur.
Ying & Yang
La jornada de ayer transcurrió en recorrido entre Adigrat y Mekele, trayecto que hacemos en una fantástica guagua "level 1". La distancia es corta para lo que acostumbramos a sufrir por aquí, apenas 120 kms. Pocas subidas y casi todo llano. Así que en apenas dos horas estamos en Mekele. La guagua nos deja a las afueras de una ciudad, grande en extensión, encerrada en un valle y con proliferación de industrias de todo tipo.
Los que hacemos los viajes como los hago yo acabamos haciendo turismo urbano, salir de las ciudades suele ser, la más de las veces, complejo y en Etiopía caro, muy caro. De manera que me muevo en transportes públicos de un punto a un punto y al final lo que voy conociendo son las ciudades. El campo requiere de excursiones programadas o que justo el destino sea una población pequeña más rural, como Kajuraho o Hoi An por nombrar mis últimas experiencias.
En Etiopía todo es muy económico, el transporte público, el alojamiento o la alimentación. Sin embargo, cuando te quieres mover a ver algo es cuando todo pierde sentido. Mekele es el centro de partida a la región de Afar, una de mis ideas primeras al venir aquí. Idea descartada al conocer los precios. Una salida de día y medio, saliendo una mañana y volviendo una tarde son la friolera de 600$ para dos personas. Me lo han intentando explicar...para mi es un robo. Es el modo de viajar que no me gusta, llenar los bolsillos del que mantiene un monopolio en lugar de viajar dejando un poquito en todos lados.
Este modo de viajar que cuento tiene el problema en este país en que las ciudades son feas, sosas, grises y carente de vida. Un punto de visita obligada son siempre los mercados pues ni eso. Lineales, carentes de la vida de los mercados que he conocido en otros lugares. Así que ayer fue para mi un día tan gris como las ciudades etíopes. Para colmo, el hotel donde habíamos reservado dos noches nos cancela la segunda y cortan el agua. Un lujo de día...
Esta mañana había que cambiar las tornas. Buscamos una agencia de excursiones con la idea de visitar las iglesias excavadas que en número superior a doscientas pueblan las montañas de Tigray. Conseguimos un precio alto pero medianamente razonable. A las 11:00 de la mañana partimos en una furgoneta camino de la población de Hawzien, más al norte, recorriendo la misma carretera entre Adigrat y Mekele.
El paisaje se hace más árido por estas latitudes, campos de cereales a ambos lados y una llanura con ligeras ondulaciones. Los árboles son sustituidos por unos matojos de medio cuerpo, pequeños, aplanados por arriba por efecto de viento. La carretera es un ir y venir de gente, pastores con cabras, vacas y burros, niños que van o vienen del colegio o quienes esperan transporte. Cualquier carretera alejada será como pasear por una avenida de ciudad.
El trayecto es largo, más de una hora, hasta llegar a Hawzien donde tomamos un desvío, la carretera está en obras (como casi todo aquí), desciende hacía un valle inmenso flanqueado por montañas de roca, mesetas unas y sierras otras. El paisaje es arrebatador. Nos dirigimos hacía una de esas sierras, una catedral de piedra con una enorme torre vertical a cada lado. Las águilas juegan entre ellas casi sin batir las alas.
Es la peor hora del día cuando echamos a andar. La montaña se encuentra a unos tres kilómetros de donde nos deja el transporte. Nos acompaña un guía que porta un arnés y una cuerda. En la guía de la agencia y en la nuestra cuentan que hay que subir una pared vertical de unos cinco metros. Nada dice de la caminata ni tampoco que alcanzada la base hay que trepar unos cuatrocientos metros en un plano inclinado a más no poder entre vegetación y pedruscos. Un despiste.
Cruzamos unas plantaciones de teff y trigo. Es tiempo de siega. A los lados unas casas de piedra nos despiden del último punto habitado. Caminamos bajo el sol mientras la sierra crece antes nuestros ojos, a cada metro se hace más y más enorme. En el camino de ascenso vamos encontrando gente. Hombres flacos, recios, curtidos por el clima y el ambiente hostil en el que les tocó vivir.
Bajo la sombra de un olivo centenario se nos une un señor vestido de militar, con un ojo ciego de cataratas y el monje de la iglesia. El guía nos cuenta que hay que besar una rama y darle un toque con la cabeza en señal de respeto. Ahí está un ateo adorando un olivo que simboliza a saber qué. En ese punto el camino se empina, la senda es estrecha, rodeada de matos duros, hecha escalera con las piedras que el monstruo que es ya la montaña ha ido desprendiendo.
Estamos frente a la pared vertical, yo ya me he desprendido de la mochila con el equipo, la lleva ahora un señor que es como mi cuarta parte y parece que ni le pesa. Si fuera poco difícil, hay que hacerlo descalzo ya que escalamos a un lugar sagrado. El arnés me queda chico como un pañal. La cuerda la sujeta un señor que pesa 40 kilos, toda una garantía. Con mucho esfuerzo, sudor y ayuda conseguimos ascender esa pared convertida en Everest para estos dos viajeros. Ahí no queda la cosa, hay que seguir subiendo por un camino casi vertical donde si fallas la caída es de centenares de metros. No recuerdo haber pasado tanto miedo en años.
Al fin alcanzamos la iglesia. Abune Yemata. Una piedra horizontal sirve de asiento para admirar el reverso de nuestra subida. El monolito tiene una altura imponente, por su cara oculta es completamente vertical, liso, sin estrías ni aristas. Un boquete abierto desde el que se divisa el sublime paisaje. A un lado una pequeña cueva con una puerta y un ventano medio tapiado ejerce de cementerio. Ahí son dejados los cuerpos de los que son traídos allí para descansar junto a su dios. Por la parte no tapiada se ven los huesos y las calaveras.
Para entrar en la iglesia hay que girar hacia esa cara oculta por un pasillo de piedra sobre el abismo de no más de cuarenta centímetros de alto. Nada de lo que sujetarse en la pared, salvo unos ínfimos asideros tallados en la roca. En el otro lado un desfiladero de centenares de metros de caída libre. Un boquete semicircular da entrada a una antesala en cuya mitad hay una puerta de madera. El monje la abre y accedemos. Una pequeña iglesia excavada en la roca con tres salas pequeñas, una no abierta a nuestra vista. Todas sus paredes, incluido el techo, se hayan prolíficamente decoradas con pinturas directamente plasmadas en la propia piedra. Los apóstoles, Jesús, la vírgen y un retahíla de santos se presentan ante nuestros ojos.
Sobre el suelo de alfombras, unos libros antiguos. El monje los abre para nosotros, son libros escritos en gezz (antigua lengua etíope) sobre cuero de animal. Datan del mismo tiempo que la Iglesia. No son Biblias, sino libros sobre los milagros de Jesús, María y algún santo más.
Un rato de admiración y toca bajar. Si subir fue complejo, el tramo de bajada hasta la zona de piedras y vegetación no fue nada sencillo. Paso a paso, arrastrando más el culo que los pies llegamos a la parte en que recobramos nuestra característica de bípedos. Luego solo queda la caminata hasta el borde de la carretera donde nos recoge el furgón. Los que nos habían ayudado en el ascenso y descenso se van dispersando, incluido el monje que había bajado al rato. El señor vestido de militar porta ahora un AK47, el tuerto es el que lleva el arma. Nos pide si lo alcanzamos al pueblo, a su casa, tiene un arma y nosotros ya hemos pagado el transporte. Se sitúa en el asiento de atrás de modo que no se sabe si lo llevamos a casa o nos ha secuestrado.
Tomamos la carretera de vuelta, es tarde y el sol, rodeado de nubes enrojecidas, empieza a ser engullido por el horizonte. Implacable cae la noche y llegamos a Mekele exhaustos pero contentos por la experiencia.
Metáfora de la vida, a un día malo le sigue uno bueno. Solo hay que intentarlo. Ying & Yang.
Los que hacemos los viajes como los hago yo acabamos haciendo turismo urbano, salir de las ciudades suele ser, la más de las veces, complejo y en Etiopía caro, muy caro. De manera que me muevo en transportes públicos de un punto a un punto y al final lo que voy conociendo son las ciudades. El campo requiere de excursiones programadas o que justo el destino sea una población pequeña más rural, como Kajuraho o Hoi An por nombrar mis últimas experiencias.
En Etiopía todo es muy económico, el transporte público, el alojamiento o la alimentación. Sin embargo, cuando te quieres mover a ver algo es cuando todo pierde sentido. Mekele es el centro de partida a la región de Afar, una de mis ideas primeras al venir aquí. Idea descartada al conocer los precios. Una salida de día y medio, saliendo una mañana y volviendo una tarde son la friolera de 600$ para dos personas. Me lo han intentando explicar...para mi es un robo. Es el modo de viajar que no me gusta, llenar los bolsillos del que mantiene un monopolio en lugar de viajar dejando un poquito en todos lados.
Este modo de viajar que cuento tiene el problema en este país en que las ciudades son feas, sosas, grises y carente de vida. Un punto de visita obligada son siempre los mercados pues ni eso. Lineales, carentes de la vida de los mercados que he conocido en otros lugares. Así que ayer fue para mi un día tan gris como las ciudades etíopes. Para colmo, el hotel donde habíamos reservado dos noches nos cancela la segunda y cortan el agua. Un lujo de día...
Esta mañana había que cambiar las tornas. Buscamos una agencia de excursiones con la idea de visitar las iglesias excavadas que en número superior a doscientas pueblan las montañas de Tigray. Conseguimos un precio alto pero medianamente razonable. A las 11:00 de la mañana partimos en una furgoneta camino de la población de Hawzien, más al norte, recorriendo la misma carretera entre Adigrat y Mekele.
El paisaje se hace más árido por estas latitudes, campos de cereales a ambos lados y una llanura con ligeras ondulaciones. Los árboles son sustituidos por unos matojos de medio cuerpo, pequeños, aplanados por arriba por efecto de viento. La carretera es un ir y venir de gente, pastores con cabras, vacas y burros, niños que van o vienen del colegio o quienes esperan transporte. Cualquier carretera alejada será como pasear por una avenida de ciudad.
El trayecto es largo, más de una hora, hasta llegar a Hawzien donde tomamos un desvío, la carretera está en obras (como casi todo aquí), desciende hacía un valle inmenso flanqueado por montañas de roca, mesetas unas y sierras otras. El paisaje es arrebatador. Nos dirigimos hacía una de esas sierras, una catedral de piedra con una enorme torre vertical a cada lado. Las águilas juegan entre ellas casi sin batir las alas.
Es la peor hora del día cuando echamos a andar. La montaña se encuentra a unos tres kilómetros de donde nos deja el transporte. Nos acompaña un guía que porta un arnés y una cuerda. En la guía de la agencia y en la nuestra cuentan que hay que subir una pared vertical de unos cinco metros. Nada dice de la caminata ni tampoco que alcanzada la base hay que trepar unos cuatrocientos metros en un plano inclinado a más no poder entre vegetación y pedruscos. Un despiste.
Cruzamos unas plantaciones de teff y trigo. Es tiempo de siega. A los lados unas casas de piedra nos despiden del último punto habitado. Caminamos bajo el sol mientras la sierra crece antes nuestros ojos, a cada metro se hace más y más enorme. En el camino de ascenso vamos encontrando gente. Hombres flacos, recios, curtidos por el clima y el ambiente hostil en el que les tocó vivir.
Bajo la sombra de un olivo centenario se nos une un señor vestido de militar, con un ojo ciego de cataratas y el monje de la iglesia. El guía nos cuenta que hay que besar una rama y darle un toque con la cabeza en señal de respeto. Ahí está un ateo adorando un olivo que simboliza a saber qué. En ese punto el camino se empina, la senda es estrecha, rodeada de matos duros, hecha escalera con las piedras que el monstruo que es ya la montaña ha ido desprendiendo.
Estamos frente a la pared vertical, yo ya me he desprendido de la mochila con el equipo, la lleva ahora un señor que es como mi cuarta parte y parece que ni le pesa. Si fuera poco difícil, hay que hacerlo descalzo ya que escalamos a un lugar sagrado. El arnés me queda chico como un pañal. La cuerda la sujeta un señor que pesa 40 kilos, toda una garantía. Con mucho esfuerzo, sudor y ayuda conseguimos ascender esa pared convertida en Everest para estos dos viajeros. Ahí no queda la cosa, hay que seguir subiendo por un camino casi vertical donde si fallas la caída es de centenares de metros. No recuerdo haber pasado tanto miedo en años.
Al fin alcanzamos la iglesia. Abune Yemata. Una piedra horizontal sirve de asiento para admirar el reverso de nuestra subida. El monolito tiene una altura imponente, por su cara oculta es completamente vertical, liso, sin estrías ni aristas. Un boquete abierto desde el que se divisa el sublime paisaje. A un lado una pequeña cueva con una puerta y un ventano medio tapiado ejerce de cementerio. Ahí son dejados los cuerpos de los que son traídos allí para descansar junto a su dios. Por la parte no tapiada se ven los huesos y las calaveras.
Para entrar en la iglesia hay que girar hacia esa cara oculta por un pasillo de piedra sobre el abismo de no más de cuarenta centímetros de alto. Nada de lo que sujetarse en la pared, salvo unos ínfimos asideros tallados en la roca. En el otro lado un desfiladero de centenares de metros de caída libre. Un boquete semicircular da entrada a una antesala en cuya mitad hay una puerta de madera. El monje la abre y accedemos. Una pequeña iglesia excavada en la roca con tres salas pequeñas, una no abierta a nuestra vista. Todas sus paredes, incluido el techo, se hayan prolíficamente decoradas con pinturas directamente plasmadas en la propia piedra. Los apóstoles, Jesús, la vírgen y un retahíla de santos se presentan ante nuestros ojos.
Sobre el suelo de alfombras, unos libros antiguos. El monje los abre para nosotros, son libros escritos en gezz (antigua lengua etíope) sobre cuero de animal. Datan del mismo tiempo que la Iglesia. No son Biblias, sino libros sobre los milagros de Jesús, María y algún santo más.
Un rato de admiración y toca bajar. Si subir fue complejo, el tramo de bajada hasta la zona de piedras y vegetación no fue nada sencillo. Paso a paso, arrastrando más el culo que los pies llegamos a la parte en que recobramos nuestra característica de bípedos. Luego solo queda la caminata hasta el borde de la carretera donde nos recoge el furgón. Los que nos habían ayudado en el ascenso y descenso se van dispersando, incluido el monje que había bajado al rato. El señor vestido de militar porta ahora un AK47, el tuerto es el que lleva el arma. Nos pide si lo alcanzamos al pueblo, a su casa, tiene un arma y nosotros ya hemos pagado el transporte. Se sitúa en el asiento de atrás de modo que no se sabe si lo llevamos a casa o nos ha secuestrado.
Tomamos la carretera de vuelta, es tarde y el sol, rodeado de nubes enrojecidas, empieza a ser engullido por el horizonte. Implacable cae la noche y llegamos a Mekele exhaustos pero contentos por la experiencia.
Metáfora de la vida, a un día malo le sigue uno bueno. Solo hay que intentarlo. Ying & Yang.
martes, 20 de octubre de 2015
Morir en Etiopía...
Este elevado punto al norte de la geografía etíope no pasa por el más bullicioso y cosmopolita del país. Tras haber vivido acosados a cada paso por las calles de Gondar o Bahar Dar, caminar por Adigrat es un remanso de paz. Tan solo nos convertimos en exótica atracción blanca en un pueblo de negros. Se nos nota un poco cuando nos metemos en los barrios, allá por la zona de Adigrat Cherkos, donde las calles son amplias, adoquinadas y las casitas bajas, de colores. Donde soy perseguido por una montonera de chiquillos que quieren que les saque una foto y se pirran por luego ver en la pantalla. Esos momentos en que te reafirmas en que, aquí, el exótico eres tú.
Por la mañana desayunamos en el mismo pequeño hotel que nos acoge. En su planta inferior tiene un bar, donde las mesas y las sillas se disponen de tal manera que nadie se da la espalda y todos miran hacía en centro y claro, nos tocó la mesa del centro. Tan solo un pibe habla algo parecido al inglés. Le pedimos y se va sin saber muy bien que nos iba a traer. Aparece minutos después con un sandwich de tortilla de huevos con tomate, chile y cebolla.
Buscamos la piazza. Todos los centro de ciudad reciben este nombre en italiano, piazza. Contactamos con un tuc tuc y nos vamos a ver una iglesia a unos 5 kilómetros fuera de Adigrat. Llegamos a una zona de campo con un complejo murado, al que se accede por un arco. En su interior una iglesia de planta cuadrada, sobre elevada, con las paredes verdes, en su techumbre tres cruces. La torre es exenta, tambien verde. Alrededor de la Iglesia y la torre se acumulan tumbas, unas de piedra y otras de mampostería, complejas y sencillas, con cruces de filigrana o con simples cruces de piedra o chapa. El silencio solo se rompe por el tintineo de los flecos de metal que penden de los capuchones sobre los que se sitúan las cruces.
Tras un rato de meditación y calma volvemos a la odisea del tuc tuc camino dirección a la ciudad. Antes de llegar tomamos un desvío donde se pierde la carretera y el piso se convierte en tierra y pedruscos. Compartimos senda con los chiquillos que salen de la escuela, con sus mochilas y vestidos de azul. Un rato de recorrido y llegamos al cementerio italiano. Un recinto murado y cerrado por una verja que abre el señor de la casa de al lado. En Etiopía si algo está cerrado, alguien cerquita tiene la llave.
El espacio tiene unas filas de nichos a dos caras y de frente una serie de nichos en media luna, con una cruz y delante una mesa como de misa. El resto es un espacio ajardinado con geranios flanqueado el camino hasta la cruz. El señor que nos abre hace de guía llevando bajo sus brazos un libro grandote de tapas negras. Los que aquí yacen murieron entre los años 1935 a 1939 en el intento del fascismo italiano por tomar Etiopía bajo sus colonias. La invasión fue un constante desastre, como ya lo había sido a finales del siglo XIX. Las tumbas contienen cuerpos recuperados de distintos lugares del país que fueron concentrados en este punto, tumbas en su mayoría anónimas, "caduto ignoto", otras (las menos) tienen nombres y rangos.
Mientras recorremos el cementerio, la hija de nuestro guía corretea por el caminito empedrado portando un geranio en cada mano. Un mensaje de vida entre tanta muerte. El señor abre, sobre la mesa de mármol, el libro que lleva bajo el brazo. En él se pueden leer los mensajes de italianos que visitan este lugar, mensajes de respeto, que hablan de honor pero también del sin sentido y locura de la guerra. Algunos son de hijos, ya mayores supongo, que perdieron a su padre en estas lejanas tierras africanas. Es un momento de emoción, escribo mi mensaje en el libro, una propina para el guía eventual y vuelta al tuc tuc.
Adigrat fue un punto importante en la penetración del cristianismo en Etiopía y en consecuencia posee un importante legado de iglesias antiguas. No muy lejos de aquí hay unas doscientas paleo iglesias excavadas en la roca. Tenía en mente alcanzar alguna de ellas desde este punto. Consultadas las posibilidades desisto al no haber manera de ir que no suponga un desembolso considerable. Lo volveremos a intentar desde Mekele, 120 kilómetros al sur y desde donde se puede también alcanzar este legado histórico.
Refugiados del sol de las horas fuertes, aprovechamos la tarde para volver a caminar por los barrios y tirar algunas fotos. Un café con cotufas y la tarde que va muriendo. La luz se atenúa hasta morir en la oscuridad a medida que la vida desaparece de la calles. Ha sido un día sencillo, sin pretensiones, de rélax para afrontar la segunda parte de nuestro periplo.
Mañana empezamos a caminar hacía sur
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