Estoy en la duda de si despertarse a las 3:15 de la noche es madrugar o es casi no dormir. Con paso casino nos dirigimos con todos lo macutos hasta las oficina de Salem Bus con la firme idea de desplazarnos a Lalibela, a sabiendas que habrá que hacer un transbordo al llegar a Waydila. Estas guaguas son modernas y relativamente rápidas, porque estas carreteras tampoco dan para mucha alegría. El día anterior hemos intentado comprar el billete pero el buen señor de la oficina nos manifiesta que se compra directamente antes de salir.
A la vez que nosotros otras sombras con macutos se dirigen al mismo punto. Nos sentamos en las oficinas hasta que aparece la guagua, seguimos sin billete. Nos asignan unos asientos y hasta que no estamos casi en marcha no nos cobran el importe del trayecto. 165birr por cabeza, no hay ticket pero el pasaje local si muestra un billete al revisor. Este nos cobra el importe sin dar ningún comprobante a cambio. Dinero para el bolsillo de revisor y conductor.
Son las 5:30 y empezamos a andar. El trayecto lo realizo entre cabezadas y golpes de frenado de la guagua, tecnología china punta. Una paradita en el campo para que cada cual elija un árbol o un escondrijo donde dejar las aguas menores...o mayores. Es la única toma de contacto que tengo con el paisaje. Vuelvo a la guagua y vuelvo a las cabezadas y cabezazos.
Llegamos a Waydila, en medio de la nada. Nada más bajarnos un enjambre de vividores se nos echa encima preguntando dónde vamos. Intentamos desayunar cuando uno de estos personajes que todo lo hacen por una propina nos dice que una guagua sale directa a Lalibela. Allá que vamos. Se acabaron las comodidades y volvemos a los "level 1" locales. Otra abarrotada explanada, negociación incluyendo el "farengi tax" y para adentro. Si no hay sitio para ir juntos no hay problema, el que lleva el tema del pasaje se encarga de mover a un local y facilitarte el sitio. Para algo tiene que servir pagar 60birr más que los pasajeros negros.
Salimos de esta perdida localidad hacía nuestro destino. Otro de esos viajes ideales que pueden hacerte extrañar los trenes de India por su comodidad. A nada de empezar a rodar, nos quedan 180 kilómetros por delante, la carretera se convierte en una pista de tierra, piedras y zanjas como barrancos. La guagua que parece desarmarse en cada movimiento avanza con paso lento. Cada curva que deja el vacío al descubierto es una plegaria al buen funcionamiento de los frenos.
El paisaje es de montaña, seco, árido, sin árboles, solo con campos de cereal aquí y allá. Atravesamos barranqueras anchas, enormes, cargadas de grava por las que discurren hilos de agua, que en puntos se hacen charcos, donde se acumulan animales y personas. Su apariencia denota el volumen de agua que puede correr por estos ríos estacionales en temporadas de lluvias
Subimos y bajamos montañas, mesetas y colinas atravesando humildes poblados diseminados. Esas siempre habitadas carreteras con personas que salen de no se sabe dónde y que tampoco parece que tengan rumbo conocido. El ganado caprino copa el paisaje, muchas veces guiado por niños encargados de sus rebaños. Un palito corre sobre sus espadas de lado a lado, de hombro a hombro y bajo este un saco. Ese palo fino servirá de guía educativa del rebaño ya sea de cabras o de burros.
El sol aprieta, casi no se pueden abrir las ventanas para que el polvo de la pista no acabe resecando las fosas nasales, ya de por si convertidas en orilla de playa. El calor es intenso, pegajoso y el trayecto se hace interminable. Más ondulaciones del terreno, campos de teff y trigo y personas que pueblan el camino. El paisaje es de una belleza sublime aunque el cansancio y ansias por llegar lleve al viajero a acabar distrayéndose de las vistas.
Casi 5 horas después, 9 en total, estamos en Lalibela. La mochila viaja en lo alto de la guagua, dos tipos se suben a bajar el equipaje. Reparte bultos y bolsas a todos los pasajeros, menos las mochilas que denotan ser de un no local. Es ahí, donde uno de estos listos te exige una propina por bajarte la mochila que está bajando a todo los demás sin exigencia alguna. El conflicto se acaba con un "give me my fucking bag!" Entonces ya no hace falta propina y la mochila baja casi solita.
Llega a ser agotador esa constante necesidad de tener que abonar un plus por ser viajero en este país, se me queda cara de turista alemán en aquellos buenos tiempos del turismo en el sur de Tenerife donde se les robaba hasta por respirar. Espero que esta gente vaya aprendiendo a lidiar y convivir con el viajero y valorar la importancia que tiene el turismo de mochila, el que viaja con ellos, para el desarrollo de Etiopía.
Toca buscar hotel, un recorrido por unos cuantos que carecen de wifi hasta llegar al Heaven Hotel. Soy muy fan de esos hoteles que tienen nombres de lo más pretenciosos y como salidos de una novela de Corín Tellado. Es hora de almorzar, que la necesidad aprieta, y de salir a recorrer un poco la localidad. Un policía nos explica, como bien puede, donde se haya el centro de Lalibela, hay que ir hacía el este y subir. Empezamos a caminar por las empedradas calles de la ciudad sin saber muy bien el camino. Los todoterrenos pasan cargados de turistas rosaditos, de los que no pisan el suelo ni para ir al wc.
En nuestro camino encontramos un niño y una niña, 15 y 13 años, se convierten en nuestros guías ocasionales, en informadores de las características de las bellezas de Lalibela. Entre tanto tramposo siempre hay un oasis de buena voluntad y bondad. Ambos hablan perfectamente inglés. Nos llevan hasta el centro donde buscamos un cajero automático. Ninguno funciona, tampoco el wifi de los locales y hoteles. Algún fallo en el sistema de red nos ha complicado la tarde. A ver cómo hacemos mañana, agotadas nuestras provisiones dinerarias. Ese tipo de cosas que te pueden pasar a 6000 Kilómetros de casa y en domingo.
Camino al centro, por la zona de las iglesias excavadas, las mujeres se afanan por adoquinar las calles. Unas con adoquines cuadrados y otras con piedras del tamaño de un bloque. Si, las mujeres. Ellas son las que cargan la arena que va bajo las piedras y las piedras que pavimentarán las calles. Casi de la forma que Ildefonso Chacones describía de los obreros de la Catedral del Mar. Colocan la piedra en sus lumbares sujeta por ambas manos en su base y encorvando el cuerpo ligeramente hacía adelante. Una a una van cargando las piedras hasta el punto de colocación.
Solo hay dos hombres, el que las parte y el que las coloca. Todo lo demás mujeres de toda edad. El resto de los hombres está en el bar que esta tarde hay Premier...
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