martes, 27 de octubre de 2015

Ying & Yang

La jornada de ayer transcurrió en recorrido entre Adigrat y Mekele, trayecto que hacemos en una fantástica guagua "level 1". La distancia es corta para lo que acostumbramos a sufrir por aquí, apenas 120 kms. Pocas subidas y casi todo llano. Así que en apenas dos horas estamos en Mekele. La guagua nos deja a las afueras de una ciudad, grande en extensión, encerrada en un valle y con proliferación de industrias de todo tipo.

Los que hacemos los viajes como los hago yo acabamos haciendo turismo urbano, salir de las ciudades suele ser, la más de las veces, complejo y en Etiopía caro, muy caro. De manera que me muevo en transportes públicos de un punto a un punto y al final lo que voy conociendo son las ciudades. El campo requiere de excursiones programadas o que justo el destino sea una población pequeña más rural, como Kajuraho o Hoi An por nombrar mis últimas experiencias.

En Etiopía todo es muy económico, el transporte público, el alojamiento o la alimentación. Sin embargo, cuando te quieres mover a ver algo es cuando todo pierde sentido. Mekele es el centro de partida a la región de Afar, una de mis ideas primeras al venir aquí. Idea descartada al conocer los precios. Una salida de día y medio, saliendo una mañana y volviendo una tarde son la friolera de 600$ para dos personas. Me lo han intentando explicar...para mi es un robo. Es el modo de viajar que no me gusta, llenar los bolsillos del que mantiene un monopolio en lugar de viajar dejando un poquito en todos lados.

Este modo de viajar que cuento tiene el problema en este país en que las ciudades son feas, sosas, grises y carente de vida. Un punto de visita obligada son siempre los mercados pues ni eso. Lineales, carentes de la vida de los mercados que he conocido en otros lugares. Así que ayer fue para mi un día tan gris como las ciudades etíopes. Para colmo, el hotel donde habíamos reservado dos noches nos cancela la segunda y cortan el agua. Un lujo de día...

Esta mañana había que cambiar las tornas. Buscamos una agencia de excursiones con la idea de visitar las iglesias excavadas que en número superior a doscientas pueblan las montañas de Tigray. Conseguimos un precio alto pero medianamente razonable. A las 11:00 de la mañana partimos en una furgoneta camino de la población de Hawzien, más al norte, recorriendo la misma carretera entre Adigrat y Mekele.

El paisaje se hace más árido por estas latitudes, campos de cereales a ambos lados y una llanura con ligeras ondulaciones. Los árboles son sustituidos por unos matojos de medio cuerpo, pequeños, aplanados por arriba por efecto de viento. La carretera es un ir y venir de gente, pastores con cabras, vacas y burros, niños que van o vienen del colegio o quienes esperan transporte. Cualquier carretera alejada será como pasear por una avenida de ciudad.

El trayecto es largo, más de una hora, hasta llegar a Hawzien donde tomamos un desvío, la carretera está en obras (como casi todo aquí), desciende hacía un valle inmenso flanqueado por montañas de roca, mesetas unas y sierras otras. El paisaje es arrebatador. Nos dirigimos hacía una de esas sierras, una catedral de piedra con una enorme torre vertical a cada lado. Las águilas juegan entre ellas casi sin batir las alas.

Es la peor hora del día cuando echamos a andar. La montaña se encuentra a unos tres kilómetros de donde nos deja el transporte. Nos acompaña un guía que porta un arnés y una cuerda. En la guía de la agencia y en la nuestra cuentan que hay que subir una pared vertical de unos cinco metros. Nada dice de la caminata ni tampoco que alcanzada la base hay que trepar unos cuatrocientos metros en un plano inclinado a más no poder entre vegetación y pedruscos. Un despiste.





Cruzamos unas plantaciones de teff y trigo. Es tiempo de siega. A los lados unas casas de piedra nos despiden del último punto habitado. Caminamos bajo el sol mientras la sierra crece antes nuestros ojos, a cada metro se hace más y más enorme. En el camino de ascenso vamos encontrando gente. Hombres flacos, recios, curtidos por el clima y el ambiente hostil en el que les tocó vivir.

Bajo la sombra de un olivo centenario se nos une un señor vestido de militar, con un ojo ciego de cataratas y el monje de la iglesia. El guía nos cuenta que hay que besar una rama y darle un toque con la cabeza en señal de respeto. Ahí está un ateo adorando un olivo que simboliza a saber qué. En ese punto el camino se empina, la senda es estrecha, rodeada de matos duros, hecha escalera con las piedras que el monstruo que es ya la montaña ha ido desprendiendo.

Estamos frente a la pared vertical, yo ya me he desprendido de la mochila con el equipo, la lleva ahora un señor que es como mi cuarta parte y parece que ni le pesa. Si fuera poco difícil, hay que hacerlo descalzo ya que escalamos a un lugar sagrado. El arnés me queda chico como un pañal. La cuerda la sujeta un señor que pesa 40 kilos, toda una garantía. Con mucho esfuerzo, sudor y ayuda conseguimos ascender esa pared convertida en Everest para estos dos viajeros. Ahí no queda la cosa, hay que seguir subiendo por un camino casi vertical donde si fallas la caída es de centenares de metros. No recuerdo haber pasado tanto miedo en años.

Al fin alcanzamos la iglesia. Abune Yemata. Una piedra horizontal sirve de asiento para admirar el reverso de nuestra subida. El monolito tiene una altura imponente, por su cara oculta es completamente vertical, liso, sin estrías ni aristas. Un boquete abierto desde el que se divisa el sublime paisaje. A un lado una pequeña cueva con una puerta y un ventano medio tapiado ejerce de cementerio. Ahí son dejados los cuerpos de los que son traídos allí para descansar junto a su dios. Por la parte no tapiada se ven los huesos y las calaveras.

Para entrar en la iglesia hay que girar hacia esa cara oculta por un pasillo de piedra sobre el abismo de no más de cuarenta centímetros de alto. Nada de lo que sujetarse en la pared, salvo unos ínfimos asideros tallados  en la roca. En el otro lado un desfiladero de centenares de metros de caída libre. Un boquete semicircular da entrada a una antesala en cuya mitad hay una puerta de madera. El monje la abre y accedemos. Una pequeña iglesia excavada en la roca con tres salas pequeñas, una no abierta a nuestra vista. Todas sus paredes, incluido el techo, se hayan prolíficamente decoradas con pinturas directamente plasmadas en la propia piedra. Los apóstoles, Jesús, la vírgen y un retahíla de santos se presentan ante nuestros ojos.

Sobre el suelo de alfombras, unos libros antiguos. El monje los abre para nosotros, son libros escritos en gezz (antigua lengua etíope) sobre cuero de animal. Datan del mismo tiempo que la Iglesia. No son Biblias, sino libros sobre los milagros de Jesús, María y algún santo más.

Un rato de admiración y toca bajar. Si subir fue complejo, el tramo de bajada hasta la zona de piedras y vegetación no fue nada sencillo.  Paso a paso, arrastrando más el culo que los pies llegamos a la parte en que recobramos nuestra característica de bípedos. Luego solo queda la caminata hasta el borde de la carretera donde nos recoge el furgón. Los que nos habían ayudado en el ascenso y descenso se van dispersando, incluido el monje que había bajado al rato. El señor vestido de militar porta ahora un AK47, el tuerto es el que lleva el arma. Nos pide si lo alcanzamos al pueblo, a su casa, tiene un arma y nosotros ya hemos pagado el transporte. Se sitúa en el asiento de atrás de modo que no se sabe si lo llevamos a casa o nos ha secuestrado.

Tomamos la carretera de vuelta, es tarde y el sol, rodeado de nubes enrojecidas, empieza a ser engullido por el horizonte. Implacable cae la noche y llegamos a Mekele exhaustos pero contentos por la experiencia.

Metáfora de la vida, a un día malo le sigue uno bueno. Solo hay que intentarlo. Ying & Yang.

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