lunes, 19 de octubre de 2015
Al norte...
Toca salir de Axum, sin prisas ni madrugones. Así que toca levantarse a una hora razonable, desayunar, sacar pelas del ATM que los buenos señores del banco han repuesto y salir a la calle a buscar un tuc tuc. El día amanece soleado pero sin el castigo de días anteriores, camino del banco voy de sombra en sombra de flamboyán. Apenas son las 10:00 pero en la calle hay alboroto y música, mucha y muy alta.
Salimos del hotel y cruzamos al otro lado según la dirección donde se haya la estación de guaguas, según la penosa guía que he adquirido. Se acerca un pibe en bicicleta que nos ofrece un transporte en tan solo dos minutos. Vale, vete a por él. Vuelve en menos de los dos minutos sin bicicleta y con el tuc tuc. Llegamos a un acuerdo con el conductor y el colega de la bici que se gana una monedita. Cadena de favores.
El trayecto dura apenas nada y estamos ya en la explanada cuyas características se repite en una y otra población. Entramos, nadie nos asalta. Seguimos caminando, han pasado como cien metros y nadie nos pregunta, nadie nos acosa...sorprendido hasta lo hecho de menos. Finalmente un tipo nos pregunta nuestro destino, Adigrat. Nos señala una furgoneta y allá vamos. Aún está a medio llenar. 51birr por cabeza por un trayecto de 120kms, más que razonable. La mochila a la baca y los culos a los escuetos asientos. Las guaguas siempre se llenan....de más. Nunca va un asiento vacío, hay que amortizar la furgoneta. Total que sigue llegando y subiendo gente hasta sumar un total de 17 en una Toyota Hiace.
Empezamos la andadura saliendo de la ciudad. En apenas unos minutos todos es naturaleza, un valle enmoquetado de verdes y amarillos, al fondo una sierra a la que nos dirigimos. La carretera alberga paseantes en uno y otro sentido, desprotegidos de toda sombra, caminan bajo grandes parasoles de colorines. En el campo, hombres y mujeres, en cuclillas siegan el cereal hoz en mano. Las casas ya no son de palos y adobe, aquí se construye con piedra, casas sencillas de un solo cuerpo y con un techo de chapa a un agua. Cabras, vacas, burros y chiquillos correteando por el pajizal rellenan el paisaje.
Pasa el tiempo y la carretera se empina, sube y baja lomas, mesetas y rodea inmensas sierras de roca pelada. La vegetación pareciera querer conquistar la dura piedra que se mantiene hierática impasible. La tierra se rasga, se abre en canal en barranqueras y cañones. Tanta belleza impide cerrar los ojos ni siquiera para parpadear, ávida mi retina en robar cada metro de paisaje.
Seguimos subiendo, dos horas y media para recorrer los ciento veinte kilómetros que nos separan de nuestro siguiente destino, para alcanzar los 2.300 metros de altitud de esta norteña localidad casi en frontera con Eritrea. Está nublado y hace fresco. Salimos de la explanada donde nos ha dejado la furgoneta, cruzamos la calle para tomar un tentempié. Hay que buscar un hotel, la calle se embala cuesta abajo llena de vida. Miramos a nuestro alrededor en busca de carteles, justo hay uno en la esquina "Abnet Hotel". Tiene buena pinta, nos quedamos.
El hotel es nuevo, tanto que somos los únicos hospedados a esta hora. No está terminado aún, de forma que solo ocupa una planta mientras las superiores siguen en construcción. Eso es algo curioso de este país, las obras no se esperan a terminar, desde que una planta está acabada se ocupa, se montan negocios y se la dota de vida y luego se irá terminando. Una inteligente manera de no tener parado el dinero.
Un ratito de rélax y por la cuesta abajo otra vez. La avenida está jalonada de grandes edificios en construcción de los que penden circenses andamios. He leído de un mercado y unas iglesias. Las iglesias son fáciles de seguir porque destacan a lo lejos. Hay unas cuantas por el centro. Cayendo la tarde seguimos el rastro de una colorista iglesia que se divisa entre casas de piedra y techos de chapa. Entre callejones y callejuelas de adoquines que forman perfectos dibujos caminamos entre tiendas, carros de burros, cabras y chiquillos que salen a nuestro encuentro.
Alcanzamos una iglesia grande, con un campanario exento que está en reformas y cuyos andamios sirven de reposo al vuelo de las águilas. La iglesia es de ese estilo circular y techo cónico ya descrito. Todo su cuerpo está pintado de verde con ribetes de la bandera nacional. Junto a ella hay otro edifico de porte del que ignoro la utilidad. Ambos tienen en el punto más alto unas caperuzas de metal de las que cuelgan unos flecos de metal que hacen un sonido particular en su juego con el viento.
Cerca he divisado otra cúpula con otra cruz ortodoxa, conseguimos llegar a través de muros de piedra escoltados ya por una docena de niños. Un señor mayor se cruza en nuestro camino, se para, nos saluda estrechando la mano y nos señala orgulloso su Iglesia. Otra señora anciana nos saluda en una mezcla de castellano e italiano, como en casa. Esta iglesia es Debre Domos. Está cerrada pero por fuera ya es un ejercicio de belleza y color. Cuando la iglesia está cerrada los fieles, de todas las edades, se dirigen a la puerta o al muro donde se persignan tres veces, tocan con la cabeza tres veces y por último, besas tres veces la piedra o la puerta.
Junto a la Iglesia hay un mercado. Callejeamos por él, huele a grano y comino mientras las mujeres lo dejan caer sobre unos sacos para descascarillarlo. Seguimos siendo la atracción de los niños que nos saludan, da igual la hora del día aquí es "good morning". Estos niños tienen pocas cosas, no he visto ni una muñeca, ni un cochecito, ni un simple peluche pero sonríen mientras juegan a hacer rodar una rueda de bici o una rueda hecha de alambre. Sonríen, sin más. Son esas cosas que no valoras cuando estas en casa rodeado de lujos pero llegas aquí ves estas sonrisas y recuerdas cuales son las cosas que de verdad importan en la vida.
Solo queda cenar y emprender el día de mañana deseando que sea tan productivo como lo ha sido el de hoy...
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