miércoles, 14 de octubre de 2015

Cascasdas, carreteras y guaguas...

Hoy ha sido un día intenso aprovechado hasta la última gota. Antes de las 8 de la mañana ya estábamos frente al desayuno continental del hotel Bahar Dar, minutos después estábamos en la explanada desde la que parten las guaguas de la ciudad. Un sitio caótico en extremo. Nos dirigimos a las cascadas del Nilo Azul, a unos 30 kms del centro. Optamos por una guagua local donde seremos los únicos blancos del trayecto. La guagua se cae literalmente a cachos, está profusamente decorada con adhesivos y carteles de tipo religioso des del parabrisas, a las puertas y ventanas laterales. Por el techo discurren dos franjas de material plástico de aquel que se usaba en los 80 para poner sobre el suelo de las cocinas. En la zona delantera se ha "tapizado" el techo con moqueta de pelos, sus flecos sirven de adorno.  En el retrovisor cuelga un crucifijo de madera de no menos de medio kilo de peso.

Mientras esperamos la partida, sube y baja gente constantemente, unos que piden limosna  otros que venden cosas y otros que suben y bajan sin más. Observo el paisaje alrededor, no menos de tres guaguas precisan de tracción humana para poder ponerse en marcha. Es la hora de comenzar a andar. El conductor toma posesión de su asiento, junto a él sentados van otras 7 personas. Al salir, se controla la guagua, la licencia del conductor y demás. Se prohibe viajar de pie. Apenas hemos avanzado diez metros del punto de control y se sube un grupo de personas que comienzan a abarrotar la guagua.

Salimos por las calles hacía el exterior, hasta que giramos a la izquierda y aparece una pista amarillosa y povorienta con baches profundos como barrancos. La guagua comienza la travesía lenta, moviendo cada rueda de una vez, entrando y saliendo de los profundos pozos. Su carrocería se contornea como si quisiera partirse. Sus ejes hacen tope en cada profundo agujero. Así vamos metro a metro. En un ataque de optimismo pienso que es un atajo o un enlace, no. Son treinta kilómetros así. La pista no tiene carriles ni sentidos rectos sino que se entreveran buscando la parte no embarrada por las lluvias.

Una llanura se abre a ambos lados, las construcciones se alinean junto al borde de la carretera. Construcciones de palos verticales cubiertos de adobe y paja, con techo a dos agua de chapas. En el llano pastan las vacas y las cabras. Al fondo se divisa una cordillera cubierta de verde y desnuda de árboles. En ocasiones las casas de amontonan y forman núcleos numerosos, en otras permanecen aisladas y solitarias. La carretera no tiene curvas más que las que se hecen para poder esquivar los obstáculos. Cada rato nos detenemos y sube más gente con sacos, cajas  y cuanto pueden cargar. Junto al conductor ya hay unas 15 personas entre sentadas y de pie.

Unas dos horas y media tardaremos en cubrir este espacio. La carretera termina en un poblado junto a una reja. No tenemos mucho tiempo así que nos hacemos con un guía. Un paseo a pie hasta el cauce del río y de ahí una barquita que nos lleva a otro meandro del río. Estos que no se hacen un pateo por Tenerife nunca, acaban haciendo un trekking por los montes de Etiopía. El Nilo azul corre marrón por efecto de las lluvias, la vegetación lo cubre todo. Empezamos la caminata por campos de cultivo de caña de azúcar y millo. Los hombres intentar romper la tierra con el tiro de toros y el uso del arado romano. Huele a húmedo y a tierra.

En el camino vendedoras de souvenirs atacan todo blanco que se mueve. De fondo se oye el rugir del agua cayendo. Un buen rato después sobre la derecha se abre un cráter en el suelo, el agua truena al precipitarse violenta contra el suelo. El espectáculo sobrecoge. A distancia de la caída nos llegan las gotas del agua al romperse contra la roca. Tras el espectáculo el río sigue su curso hasta encontrarse en Sudán con el Nilo blanco en su navegar desde el lago Víctoria y morir juntos en el Mediterráneo tras regar el árido Egipto.






Volvemos sobre nuestros pasos, entre los labradores, la lancha y vuelta al poblado. La opción guagua local es un castigo del que podemos prescindir por unos birr. Optamos por volver en mini bus, una Toyota Hiace, cuyo interior está soldado por todos lados, los cabezales rotos y un respaldo arrancado. Tanto desorden cobra sentido en el momento en que el conductor pone primera y acelera. De  aquella carretera llena de baches de la ida ya no hay noticia. Este buen hombre pone una velocidad y sigue con ella encuentre lo que encuentre. Saltos, golpes y una vibración que parece que va a desmontar todo el coche de un momento al otro.

En 45 minutos estamos de regreso, casi sin poder caminar pero a tiempo. Almorzamos y vuelta a la explanada a buscar la guagua que nos ha de llevar más al norte, a Gondar. Lo haremos en un minibus que va cargado hasta lo topes dentro y en la baca. El horario es cuando el vehículo esté lleno y ya no quepa un alma, sin perjuicio que luego se irá deteniendo cargando cosas y personas. La primera parada es para que los tres que van delante se pillen unas bolsitas de chat, ese arbusto que mascado y remascado produce efectos alucinógenos, pura tranquilidad.

La carretera se abre paso en un plano verde que se pierde en el horizonte. La comodidad es escasa y los kilómetros muchos. Poco a poco la carretera comienza el ascenso a una meseta, cambia el paisaje y sigue el verde. Algún que otro poblado por el camino, paradas para provisiones y cae la noche. Algo más de las 18:00 y todo es negro. Se hace eterno hasta que aparece un cartel que nos da la bienvenida. Nos dejan en cerca del hotel que tenemos contratado on line  las calles no tienen un ápice de luz, tan solo las luces de los vehículos y los edificios de los hoteles rompen la oscuridad. No se atisba nada alrededor del hotel.

Mañana intentaremos descubrir la ciudad....si nos deja.

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