El Lago Tana es el más grande y caudaloso de los lagos de Etiopía. Tiene de sur a norte una longitud de 65 kms de largo. Esta ingente masa de agua alberga una serie de islas que contienen a su vez un complejo de monasterios cristianos. La Historia de este país es convulsa y apasionante. En los tempranos años del cristianismo llegó vía Arabia y Egipto la palabra proselitista de Pablo de Tarso. Aquel que decidió llevar la voz de la nueva corriente judaica fuera del territorio de los gentiles. Hasta aquí llegó, se asentó y pervivió durante siglos. La presión posterior del Islam ocupando desde Arabia toda la cuenca mediterránea llevo al aislamiento del cristianismo etíope. Así sus formas son arcaica y sus textos antiquísimos escritos en una lengua (gezz) anterior al actual amarico.
Partimos con las primeras luces del día en una pequeña lancha con un grupo de viajeros europeos y turistas locales. El ritmo de nuestra lancha es cansino y el mar inmenso. Mucho rato después alcanzamos la primera de las islas donde se asienta uno de los monasterios. Un monje nos explica su religión y nos enseña libros de cientos de años penosamente conservados en unas húmedas estanterías. Seguimos al monasterio, Entos Eyesu. Un templo nuevo con nada de encanto, circular, techumbre cónica de chapas y un interior con una sala y un corredor en redondo por detrás de esta. Tiene una serie de grabados con clara simbología ortodoxa pero que no guardan ninguna consistencia histórica.
Los cuadros no dejan de ser curioso, gente cocinada en ollas, decapitados, ahorcados, empalados, crucificados...todo un claro mensaje de amor. El señor nos explica cada cuadro y una amable señora lo traduce para todos. Vuelta a la barca y otro recorrido hasta otra isla, más grande. Subimos un camino empedrado con ventorrillos como tiendas de souvenirs, vistosas telas, bolsos, piezas de retablo hechas en tela y cruces de todo tipo y forma.
Se alcanza el monasterio, Debre Maryam. Otro edificio como el anterior, de paja y adobe recubierto de chapas, que al calor hacen que dentro sea un horno. Moquetas en el suelo y un pasillo que recorre en redondo toda la colección de retablos de la iglesia. Estos son antiguos y guardan todos relación de continuidad unos con otros. Son vistosos y coloridos aunque la temática es igual de tétrica que en los anteriores. Al salir nos indican el camino al "museo". Una caminata entre la frondosa vegetación y llegamos a una choza de paja con una discreta puerta, apenas una sala de unos pocos metros cuadrados donde se amontonan retablos, dividida por una reja en cuyo interior un monje guarda textos antiguos, retablos y cruces. La luz es tenue y el ambiente sórdido, húmedo y caluroso. Es el museo más su generis que he visto en mi vida pero tiene el encanto que tienen las cosas por aquí.
Si alguien lee esto y desea hacer este paso....el primer monasterio no vale nada la pena, el segundo si. Más de un monasterio no vale en absoluto la pena, se repiten. La entrada cuesta 100birr (4,76€) por persona. Es poco o mucho si con eso almuerzas. Salvo el monje que da las explicaciones no hay más monjes ni se respira ambiente de religiosidad sino que se percibe estar en un show organizado para turistas.
Volvemos a la barca y empezamos el retorno a Bahar Dar. El barquero nos desvía a un meandro del lago donde la vegetación exuberante en toda a orilla aquí se convierte en llanura flotante de cañas y juncos. Para el motor y nos señala un punto. De repente se oye un bufido fuerte que hace eco y dos sombras grandes negras que emergen del agua, son hipopótamos. Al rato se les une otro ejemplar más. Retozan y flotan ante la mirada incrédula de todo el pasaje. Una nueva parada en otra isla y otro monasterio, aquí ya pasamos de entrar. Nos intentan cobrar por pisar la isla, ni caso. Hay algo de tiempo que da para un delicioso café en una choza del lugar.
Volvemos a la ciudad, hora de comer y descansar un rato del trayecto y sobre todo de la vuelta que resultó excesivamente tediosa. Por la tarde nos dirigimos a la estación de guaguas, una explanada de tierra y charcos donde se amontonan vetustas guaguas de prolíficos colores y en un estado que va del lamentable a "ahNo í no voy ni loco". Primer precio del billete, es tarifa farengi. Farengi es la desviación del término inglés "foreing" que ha quedado para llamar al blanco. En las cosas cotidianas el precio es igual pero en cosas como el transporte habrá siempre un plus por farengi. Si, es racismo. Se lo enseñamos nosotros.
Hay un tipo especialmente plasta que no nos deja preguntar y que nos sigue a cada paso repitiendo una y otra vez el mismo tantra. El idiota de cada pueblo, ese mismo. Luego de unas palabras desisto, mañana lo volvemos a intentar. Pero uno que oyó la discusión con el idiota nos sigue, y nos ofrece un precio decente, "local price". Parece sincero y ofrece como garantía su palabra. Esa es la mejor moneda entre dos personas, la palabra.
Un paseo por la "main street" donde los puestos de frutas se amontonan a ambos lados con plátanos y naranjas. En el piso unas mujeres preparan piñas de millo tostándolas en unos braceros, los limpiabotas hacen su agosto y las tiendas de tecnología se suceden por toda la calle. El deporte nacional es el billar, las terrazas de los cafés se colman de clientela y los tuc tucs juegan a no chocar girando la rotonda. Ya es de noche, las tímidas luces tratan de romper la oscuridad.
Cena y retorno al cuartel en Bahar Dar.
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