sábado, 17 de octubre de 2015

Judíos en Camelot


Primera hora de la mañana y Felek nos espera en la sinagoga, la hora del rezo. Unas setenta mujeres y unos cincuenta hombres oran separados por una cortina, sentados en los largos bancos de madera y metal. Todos cubiertos con una tela blanca de ribetes azules, en sus manos la palabra de dios. En una tarima un hombre repite versículos de la Tora, casi como un mantra, hombres y mujeres se balancean al sonido de la voz. A cada pausa corresponde un "amén".

Nos despedimos de Felek agradeciendo su hospitalidad, siguiente punto al sur. Hemos contratado un guía, Heduk y un conductor con un Toyota. Mientras desayunamos aparece el conductor, un señor con un bigote a lo Hitler que hace que tarde minutos en asimilarlo y poder mirarle a la cara.   Luego del copioso desayuno local salimos a la carretera. Dejamos atrás el centro de Gondar y al rato también la carretera para adentrarnos en una pista de tierra entre huertas y lomas. Campos de millo, trigo, teff (cereal con el que se hace el pan etíope) y una planta de flor amarilla y mombre impronunciable de la que se extrae aceite.

La carretera se empina por momentos, se abre en zanjas en el centro y se convierte en balsa de agua en otros puntos. Al margen los pastores con cabras, cebúes, ovejas y burros. Los burros son chicos. Pequeños y negros y a menudo se les ve solos, sin guía, cargados en busca de su establo. Pasa un rato y unos leñadores obstaculizan la pista con ramas de eucalipto, uno de ellos no lleva hacha, lleva un AK. Es normal ver grupos de hombres en los que, al menos uno, esté armado. Suele ser un fusil o un AK47, armados por el Estado para la defensa de animales, ladrones o milicias de la frontera próxima de Sudán.

Treinta y pocos kilómetros después alcanzamos un pequeño y humilde poblado. Ambober. Esas casas de palos, barro y chapa donde se amontonan familias y chiquillos. El complejo más grande el poblado es la escuela de primaria. Un espacio grande, abierto, lleno de vegetación con aulas del mismo material que las casas. En las paredes pinturas que representan el mundo, África, el sistema respiratorio, el alfabeto amarico o el alfabeto inglés.  Los niños salen al encuentro de los visitantes y del viajero blanco.

El directos nos recibe como personalidades, nos lleva a un aula con 55 niños de todas las edades. Nos saludan en inglés  y hacen una demostración de conocimientos en lengua amaric con su profesora, para terminar cantando el himno de Etiopía. Mientras paseo por entre las aulas, separadas por el prado una nena chiquita se agarra al meñique de mi mano izquierda, durante un buen rato será mi guía caminando por la escuela. No me dice nada, solo camina conmigo. Ese solo instante vale más que nada en el mundo.

El siguiente punto es una sinagoga situada justo enfrente de la escuela. El vigilante nos abre la verja y nos deja a nuestro aire. En lo alto de un prado se alza un templo reformado de planta circular, techo cónico y una estrella de david en lo más alto. En el interior bancos de madera y algunos armarios en los que hay libros, textos hebreos y una bandera de Israel. Ambober fue en tiempos pretéritos un centro de presencia judía etíope de la que hoy solo queda el rastro de la sinagoga. En el libro de visitas vemos anotaciones de este mismo año de judíos de Israel y de Estados Unidos.

Es hora del café tradicional etíope. Nos dirigimos a una casa próxima y detrás de nosotros una prole de chiquillos curiosos hasta que los corre con una vara el administrador del colegio. El corre para arriba y cuando se vuelve ellos corren para abajo. Guerra perdida. Es una casa humilde, en la entrada un pequeño goro guarda una cabra como bien familiar y un porche de palos y ramas cubre la entrada del castigo del sol. En el piso un bracero ardiendo con una chapa circular encima en la que la mujer de la casa tuesta cebada. Una vez la cebada tiene el tono preciso, la mujer esparce unos granos de café sobre la capa y un poco de agua. A la vez que el agua se caliente restriega los granos crudos con la manos. Repite el proceso un par de veces, los escurre y los comienza a tostar.


Pacientemente la mujer mueve un alambre para que todos los granos lleguen al calor. El aroma lo invade todo. Mientras apuramos unos granos de cebada, el café está listo. Entramos en la casa para degustarlo. Unos cueros de cabras sobre el murete de barro servirán de asiento, el piso y las estanterías también son de barro. Un camastro de cañas y cuerdas delante y bajo el mismo una gallina incubando sus huevos. No hay azúcar, demasiado lujo quizás, así que el café se sirve con una pizca de sal. Alargamos el rato a la sombra hospitalaria hasta que es hora de regresar.

Volvemos sobre nuestros pasos por la misma pista. En un campo de millo destaca una construcción de madera cuya altura sobresale del maíz más alto. Pienso que es como un punto para avistar el ganado más allá de la vegetación. Error. Sobre esta tarima se sube un joven que   onda en mano espanta a las aves que acuden a comerse los granos del millo ya adulto. Basta un ratito observando para darse cuenta de lo efectiva de la medida.

Un descanso para almorzar y evitar las peores horas de sol. La tarde la invertimos en conocer los castillos y palacios de Gondar, el Camelot de África, donde parece haber viajado a Irlanda o Escocia. En apenas unos miles de metros cuadrados se acumulan varios castillos y palacios construidos entre los siglos XVII y XVIII para demostración de poder de los reyes etíopes en su antigua capital. Desde este punto partían caravanas de comerciantes camino a Sudán para alcanzar el Mediterráneo, a Eritrea para cruzar el mar Rojo y llegar a Oriente Próximo y bajando a Mombassa para comerciar con las costas de India. La dinastía caería y Gondar perdería la el esplendor del reino.  El guía nos adentra con sus palabras en la compleja historia de este país. El complejo, hoy patrimonio de la Humanidad, sería cuartel de las tropas italianas en la segunda guerra mundial.

Desde lo alto de Camelot el sol muere entre las montañas que rodean el valle...

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