martes, 20 de octubre de 2015

Morir en Etiopía...


Este elevado punto al norte de la geografía etíope no pasa por el más bullicioso y cosmopolita del país. Tras haber vivido acosados a cada paso por las calles de Gondar o Bahar Dar, caminar por Adigrat es un remanso de paz. Tan solo nos convertimos en exótica atracción blanca en un pueblo de negros. Se nos nota un poco cuando nos metemos en los barrios, allá por la zona de Adigrat Cherkos, donde las calles son amplias, adoquinadas y las casitas bajas, de colores. Donde soy perseguido por una montonera de chiquillos que quieren que les saque una foto y se pirran por luego ver en la pantalla. Esos momentos en que te reafirmas en que, aquí, el exótico eres tú.

Por la mañana desayunamos en el mismo pequeño hotel que nos acoge. En su planta inferior tiene un bar, donde las mesas y las sillas se disponen de tal manera que nadie se da la espalda y todos miran hacía en centro y claro, nos tocó la mesa del centro. Tan solo un pibe habla algo parecido al inglés. Le pedimos y se va sin saber muy bien que nos iba a traer. Aparece minutos después con un sandwich de tortilla de huevos con tomate, chile y cebolla.

Buscamos la piazza. Todos los centro de ciudad reciben este nombre en italiano, piazza. Contactamos con un tuc tuc y nos vamos a ver una iglesia a unos 5 kilómetros fuera de Adigrat. Llegamos a una zona de campo con un complejo murado, al que se accede por un arco. En su interior una iglesia de planta cuadrada, sobre elevada, con las paredes verdes, en su techumbre tres cruces. La torre es exenta, tambien verde. Alrededor de la Iglesia y la torre se acumulan tumbas, unas de piedra y otras de mampostería, complejas y sencillas, con cruces de filigrana o con simples cruces de piedra o chapa. El silencio solo se rompe por el tintineo de los flecos de metal que penden de los capuchones sobre los que se sitúan las cruces.

Tras un rato de meditación y calma volvemos a la odisea del tuc tuc camino dirección a la ciudad. Antes de llegar tomamos un desvío donde se pierde la carretera y el piso se convierte en tierra y pedruscos. Compartimos senda con los chiquillos que salen de la escuela, con sus mochilas y vestidos de azul. Un rato de recorrido y llegamos al cementerio italiano. Un recinto murado y cerrado por una verja que abre el señor de la casa de al lado. En Etiopía si algo está cerrado, alguien cerquita tiene la llave.

El espacio tiene unas filas de nichos a dos caras y de frente una serie de nichos en media luna, con una cruz y delante una mesa como de misa. El resto es un espacio ajardinado con geranios flanqueado el camino hasta la cruz. El señor que nos abre hace de guía llevando bajo sus brazos un libro grandote de tapas negras. Los que aquí yacen murieron entre los años 1935 a 1939 en el intento del fascismo  italiano por tomar Etiopía bajo sus colonias. La invasión fue un constante desastre, como ya lo había sido a finales del siglo XIX. Las tumbas contienen cuerpos recuperados de distintos lugares del país que fueron concentrados en este punto, tumbas en su mayoría anónimas, "caduto ignoto", otras (las menos) tienen nombres y rangos.

Mientras recorremos el cementerio, la hija de nuestro guía corretea por el caminito empedrado portando un geranio en cada mano. Un mensaje de vida entre tanta muerte. El señor abre, sobre la mesa de mármol, el libro que lleva bajo el brazo. En él se pueden leer los mensajes de italianos que visitan este lugar, mensajes de respeto, que hablan de honor pero también del sin sentido y locura de la guerra. Algunos son de hijos, ya mayores supongo, que perdieron a su padre en estas lejanas tierras africanas. Es un momento de emoción, escribo mi mensaje en el libro, una propina para el guía eventual y vuelta al tuc tuc.

Adigrat fue un punto importante en la penetración del cristianismo en Etiopía y  en consecuencia posee un importante legado de iglesias antiguas. No muy lejos de aquí hay unas doscientas paleo iglesias excavadas en la roca. Tenía en mente alcanzar alguna de ellas desde este punto. Consultadas las posibilidades desisto al no haber manera de ir que no suponga un desembolso considerable. Lo volveremos a intentar desde Mekele, 120 kilómetros al sur y desde donde se puede también alcanzar este legado histórico.

Refugiados del sol de las horas fuertes, aprovechamos la tarde para volver a caminar por los barrios y tirar algunas fotos. Un café con cotufas y la tarde que va muriendo. La luz se atenúa hasta morir en la oscuridad a medida que la vida desaparece de la calles. Ha sido un día sencillo, sin pretensiones, de rélax para afrontar la segunda parte de nuestro periplo.

Mañana empezamos a caminar hacía sur

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